DEPORTES

Más que una pasión

Domingo. La ciudad respira diferente. En los bares, las conversaciones giran en torno a lo mismo. En casa, alguien busca una camiseta que parece traer suerte. Y a unos metros de El Molinón, las bufandas empiezan a asomar entre la gente que camina en la misma dirección. No hace falta decir nada: todos saben a dónde van.

Hay nervios, hay ilusión y rutina. Porque esto no empieza cuando el árbitro pita, empieza mucho antes. En el camino al estadio, en la previa con amigos, en ese momento en el que miras el reloj y sientes que hoy importa.

Durante 90 minutos, todo lo demás se detiene: el tiempo, las preocupaciones, el ruido de fuera… Solo queda el partido. Y, sobre todo, la sensación de formar parte de algo más grande que uno mismo.

«Llevo años viniendo y cada partido es algo nuevo, nunca se te acaban de quitar los nervios»

Aringa Nava, aficionada del Real Sporting

Pero no importa el deporte. Puede ser fútbol, baloncesto, tenis o cualquier otra disciplina. El ritual es siempre parecido: la espera, la ilusión, esa mezcla de nervios y esperanza que se repite una y otra vez.

Porque ser aficionado no es solo sentarse a ver un partido. Es reconocer unos colores, un escudo, una historia que, de alguna forma, también se siente propia. Es aprender a celebrar con desconocidos y a sufrir con ellos, como si existiera un vínculo invisible que une a todos los que comparten esa misma pasión.

Estadio El Molinón. Fuente: Alba Sánchez

Hay quienes heredan esa afición en casa, casi sin darse cuenta. Otros la descubren en un momento concreto, un partido, un jugador, una emoción que se queda para siempre. Pero, una vez dentro, ya no es fácil salir.

Y es que el deporte, para quien lo vive así, deja de ser solo un espectáculo. Se convierte en rutina, en conversación, en refugio. En algo que está presente incluso cuando no hay competición.

«La Fórmula 1 a mí, como asturiano, me empezó a gustar a raíz de la llegada de Alonso. Antes la seguía, pero cuando llegó él, vino el boom y ya no he parado»

Enrique Meana, aficionado de Fernando Alonso y la F1

El fútbol: donde la emoción se vuelve colectiva

El fútbol es, probablemente, el escenario donde la experiencia del aficionado alcanza su forma más intensa. No solo por lo que ocurre en el campo, sino por todo lo que lo rodea. Desde horas antes del partido, el ambiente empieza a construirse: camisetas que salen del armario, encuentros en bares, conversaciones que repiten alineaciones de memoria y predicciones que mezclan fe y costumbre.

En ciudades como Gijón u Oviedo, el día de partido no es un día cualquiera. Es un momento compartido, casi ritual, en el que miles de personas caminan hacia un mismo lugar con una sensación común. Alrededor de estadios, la afición no solo se reúne: se reconoce. Bufandas, colores y cánticos convierten el espacio en algo más que un recinto deportivo.

«Da igual que ganen o pierdan, al final los colores están dentro»

Marina Sanz, aficionada del Real Oviedo

Dentro, todo se amplifica. Cada jugada se vive como si fuera decisiva, cada error pesa, cada acierto se celebra como propio. Un gol no es solo un punto en el marcador: es un estallido colectivo. Abrazos entre desconocidos, gritos al unísono, una emoción compartida que rompe cualquier distancia. En El Molinón Enrique Castro Quini, el sentimiento es el mismo:

«Lo que haga la directiva nos da igual, nosotros venimos aquí por los jugadores y el equipo, el resto nos da igual»

Enol López, aficionado del Real Sporting

Pero el fútbol también enseña a perder. Y ahí es donde la figura del aficionado cobra aún más sentido. Porque cuando el resultado no acompaña, la grada no desaparece, permanece y apoya. Vuelve la semana siguiente. Esa fidelidad, incluso en la derrota, es lo que transforma el fútbol en algo más profundo que un simple espectáculo.

En ese equilibrio entre euforia y frustración, entre rutina y emoción, el fútbol se convierte en un lenguaje común. Uno que no necesita explicarse, porque se siente.

Fórmula 1: la pasión que recorre el mundo

A diferencia de otros deportes, la Fórmula 1 no pertenece a un solo lugar. No tiene un estadio fijo ni una rutina semanal en una misma ciudad. Su afición es global, y vive pendiente de un calendario que atraviesa continentes. Pero, aun así, la emoción es igual de intensa.

Cada Gran Premio es una cita marcada con antelación. Madrugones para ver una carrera en otro huso horario, pantallas encendidas en silencio mientras el resto de la casa duerme, o reuniones con amigos para no perderse una salida. La experiencia del aficionado aquí no siempre pasa por la presencia física, sino por la constancia: estar, aunque sea a distancia.

Casco Lando Norris. Fuente: Alba Sánchez

«Ver los Grandes Premios es una aventura diferente, porque nunca sabes que va a pasar y actualmente viendo los reglamentos nuevos, menos aún»

Alba Fernández, seguidora de la F1 y aficionada de McLaren

Y, sin embargo, cuando se vive en directo, todo cambia. Circuitos como Circuit de Monaco o Spa-Francorchamps se transforman en auténticos puntos de encuentro donde miles de personas comparten algo más que una carrera. Banderas de distintos países, camisetas de escuderías y una mezcla de idiomas crean una comunidad que no necesita traducirse.

Aquí la emoción no llega en un único instante, como un gol, sino que se construye vuelta a vuelta. En la tensión de una clasificación, en una parada en boxes decisiva, en un adelantamiento que dura apenas unos segundos. El aficionado aprende a leer los detalles, a anticipar estrategias, a entender que cada decisión puede cambiarlo todo.

También hay ídolos que marcan generaciones, como Fernando Alonso, cuya trayectoria ha acompañado a miles de seguidores durante años. En la Fórmula 1, la conexión no es solo con un equipo o un país, sino con historias que evolucionan temporada tras temporada.

Porque, aunque cambien los circuitos y los calendarios, hay algo que permanece: la necesidad de estar, de seguir, de sentir cada carrera como si fuera única. Una pasión que no se queda en un lugar, sino que viaja con quienes la viven.

Baloncesto: ritmo, cercanía y emoción

El baloncesto se vive a otra velocidad. No hay largas esperas ni silencios prolongados: aquí todo ocurre en cuestión de segundos. Un triple, un robo, un contraataque. La emoción no se concentra en un solo momento, sino que se reparte a lo largo de todo el partido, manteniendo al aficionado en tensión constante.

A diferencia de otros deportes, la cercanía es clave. En pabellones como el WiZink Center, el público está a pocos metros de la pista. Se escuchan los botes del balón, las indicaciones de los entrenadores, el contacto entre jugadores. No hay distancia: el espectador forma parte del juego.

El ambiente también se construye de forma diferente. Música, animación, pausas que se llenan con espectáculos y una grada que participa activamente durante todo el encuentro. Aquí no se espera solo al momento decisivo: cada jugada suma, cada punto se celebra, cada defensa se aplaude.

Además, el baloncesto genera un tipo de afición muy transversal. Desde quienes siguen equipos históricos como Los Angeles Lakers hasta quienes vibran con clubes europeos o competiciones locales. Es un deporte global, pero también cercano, capaz de conectar tanto en grandes ligas como en canchas de barrio.

«Siempre me ha gustado el baloncesto, es un deporte muy dinámico y mi pasión por la NBA viene de mi padre, que de pequeña me ponía los partidos de Los Lakers, Spurs, de los Chicago Bulls…»

Carlos García, aficionada a la NBA y ex-jugadora de baloncesto

Y luego están los finales ajustados. Esos últimos segundos en los que todo puede cambiar. Un lanzamiento sobre la bocina, un silencio que precede al tiro y una explosión inmediata después. En ese instante, el tiempo parece detenerse, y la emoción se comparte de forma casi automática entre todos los presentes. Porque en el baloncesto, más que en ningún otro deporte, cada segunda cuenta. Y el aficionado no solo observa: vive el partido al mismo ritmo que se juega.

Más allá del resultado

Al final, da igual el deporte. No importa si se trata de un estadio lleno, un pabellón o un circuito a miles de kilómetros. La experiencia del aficionado siempre comparte algo esencial: la necesidad de sentir.

Porque en un mundo cada vez más rápido, más individual, el deporte sigue siendo uno de los pocos espacios donde todo se vive en común. Donde desconocidos celebran juntos, donde las emociones no se filtran y donde, durante un instante, todos miran hacia el mismo lugar. Ser aficionado es eso: estar, incluso cuando no hace falta. Volver, incluso después de perder. Sentir como propio algo que, en realidad, es de muchos.

Y quizá ahí esté la clave. No en el resultado, ni en el espectáculo, ni siquiera en el juego. Sino en todo lo que ocurre alrededor. En lo que se comparte, en lo que permanece. Porque cuando el partido termina, cuando se apagan las luces y el ruido desaparece, hay algo que sigue intacto: la emoción.

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