CUENCA

Crónica de un nazareno

El Sol empieza a caer en la ciudad de los rascacielos colgantes. Cuenca se prepara para un día más de procesión por sus calles empedradas. La Luna es testigo de todas ellas. En lo más alto presencia como miles de nazarenos de colores se dirigen hacia las iglesias en el centro de la ciudad. La emoción se siente en el ambiente, porque un año más van a ver su paso desfilar. Otros en cambio, llevan quizá años sin hacerlo porque no pudieron antes, para otros será la primera vez haciéndolo. Los niños y bebés van de la mano de sus padres porque aunque no saben exactamente de qué va esto, todos sabemos que serán el futuro de nuestras hermandades.

Inicio de la procesión

Dentro de la Iglesia, en la que a penas cabe nadie más, se siente como una tarde de bar. Saludos y abrazos de amigos que se reencuentran por estas fechas. El presidente de la procesión se mueve entre la gente con media sonrisa en la cara, emocionado y a la vez preocupado porque todo tiene que salir bien. El paso está aún al lado, presenciando ese momento, es su momento. Algunos se hacen fotos con él, le miran con lágrimas en los ojos. «Solo alguien de aquí puede entender esto», cuenta uno de los banceros con su capuz al hombro y la mano apoyada en el banzo que sostiene la figura.

Los portones de la iglesia se abren, llega ese momento de nervios. La hora ha llegado ya. Los nazarenos comenzamos a ponernos los capuces a contra reloj. Salimos de la iglesia mucho antes que el paso que dejamos atrás para colocarnos en las filas que se van formando a los lados. En este punto es mejor darle la mano a tu acompañante, porque ya todos somos iguales. Una corneta rompe el ruido de la multitud de espectadores que se agrupa en la entrada y detrás los tambores. La banda de cornetas y tambores ha empezado y eso significa que la procesión acaba de comenzar.

La subida se va haciendo cada vez más pesada con forme avanza. Los pies empiezan a doler en los talones y mantener la espalda recta resulta complicado por el dolor. A lo largo del recorrido se van escuchando algunos comentarios de la gente que lo ve. Como nazareno tu figura es omnipresente, nadie nota que estás ahí, tu cara no se ve y nadie repara en ti aunque les mires. Me limito a observar y escuchar con atención. Algunos están molestos porque también están cansados de esperar de pie. Los niños, sentados en el borde de la acera, charlan sin problema. Otros parece que llevan prisa por llegar arriba antes que la procesión y empujan entre la gente para hacerse un hueco. «Qué bonito», «Qué bien llevado», «Ay que se les cae», «Aquí salía Pedro». Son algunos comentarios que escucho y que se van repitiendo.

Llega el momento tan esperado. La llegada a la Plaza Mayor y la entrada a los arcos. Como un estadio, abarrotada de gente. Es imposible controlar el bullicio que se escucha. Solo es ocultado por la banda que indica que un paso está entrando. Los móviles se levantan. Los nazarenos nos giramos para ver una escena marcada para siempre en nuestras retinas.

Descenso de la procesión

Después de algunos reencuentros inesperados y el mismo bocadillo de tortilla que comemos cada año, inicia la bajada de la misma forma. El más afortunado ha podido conseguir un lugar para sentarse y descansar las piernas. El Sol ha desaparecido por completo y las temperaturas han bajado notablemente. De la misma forma que la subida, se plantea la bajada. Con algo más de recogimiento, el silencio ya se va volviendo parte del recorrido.

Llegando al final, aunque ya cansados, se siente un cúmulo intenso de emociones. La fila de nazarenos ha descendido en longitud, algunos se han quitado por el camino. Sabes que está por acabar ese día del año marcado en el calendario, hasta el año que viene. Pero a la vez tu cuerpo agradece tener ya un descanso. Se tensa de pronto el ambiente en esa última curva, llega un momento crucial. Se abren de nuevo las mismas puertas que al principio y la misma maniobra de precisión para que el paso entre meticulosamente. Ya dentro de la iglesia un «viva», que da por finalizadas las horas de procesión que, pensándolo bien, han parecido minutos.

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