CULTURA

Los bolos conquenses: tradición, competición y convivencia

En la provincia de Cuenca, hay tardes de verano que no se entienden sin el sonido de una bola de madera rodando sobre la tierra y el golpe seco al derribar los palos.

Los bolos conquenses, lejos de ser un simple pasatiempo, forman parte de una tradición que sigue marcando el ritmo de muchos pueblos, especialmente cuando llega la temporada estival.

Para entender cómo se vive hoy esta tradición, basta con acercarse a una bolera cualquier tarde de entrenamiento. El pasado sábado, en Zarzuela, se organizó una jornada abierta en la que vecinos y curiosos pudieron conocer de cerca el juego. Allí, entre lanzamientos y explicaciones, se pudo comprobar que los bolos siguen despertando interés… aunque necesitan nuevos protagonistas.

No fue un caso aislado. En Navidad se celebró otra jornada de puertas abiertas en Mariana, y el pasado 21 de marzo en Sotos. La provincia se mueve.

Este deporte tradicional, con reglas propias y una fuerte identidad local, continúa vivo gracias al esfuerzo de los apasionados que, año tras año, mantienen la actividad y tratan de atraer a nuevos jugadores. Porque si algo preocupa dentro de este mundo es el relevo generacional.

«Hay unas normas generales, pero luego cada pueblo tiene su manera de jugar», explica Juan Arribas, presidente del club de Zarzuela y organizador de la jornada del pasado sábado. «Eso también es lo que hace especial a este deporte, que no es algo cerrado, sino que cada sitio mantiene sus costumbres».

Los bolos conquenses tienen una estructura clara, pero exigen técnica y experiencia. Se juegan en una bolera de más de 30 metros de longitud, donde seis palos, varas de mimbre o sarga de unos 80 centímetros, finas y frágiles, colocados en dos filas de tres, esperan el lanzamiento de unas bolas de madera que pueden superar los seis kilos de peso, aunque lo habitual es que pesen entre 3 y 4 kilos y tengan un diámetro de 20 a 30 centímetros. Todas ellas con su «agarradera» que las hace únicas.

El objetivo es sencillo: tirar el mayor número de bolos posible. Cada jugador lanza primero desde la línea de entrada. Si la bola no llega a la viga del fondo de la pista, es «morra» y no suma. Si llega, se realiza una segunda tirada, la rebatida, desde el punto en el que la bola se ha detenido tras chocar con la viga.

Foto por: Pablo Arribas

La posición del cuerpo, el control del peso, la dirección del lanzamiento o incluso pequeños detalles reglamentarios, como arrastrar el pie, despegarlo del suelo o apoyarse en la pierna con la mano, pueden marcar la diferencia entre una buena tirada y una bola nula. Es un deporte que combina fuerza, precisión y conocimiento del terreno.

Durante el verano, diferentes localidades participan en ligas que enfrentan a equipos de toda la provincia, generando un calendario que mezcla rivalidad y convivencia.

Estas competiciones cuentan con el respaldo de la Diputación Provincial de Cuenca, que apoya la conservación de este tipo de prácticas tradicionales, fundamentales para el tejido cultural de la zona rural. Detrás de la creación del circuito provincial estuvo César Gómez Bachiller, el intermediario entre la Diputación y los clubes.

El circuito arrancó en 2008 con 5 equipos: Cuenca, Huélamo, Las Majadas, Uña y Zarzuela. Hoy, 17 ediciones después (la única suspendida fue la de 2020 por la pandemia), son 10 equipos los que pelean cada temporada: Cuenca, Zarzuela, Portilla, Tragacete, La Cierva, Uña, Beamud, Buenache de la Sierra, Cañada del Hoyo y Valdemoro de la Sierra.

Pese a su arraigo, el futuro de los bolos conquenses depende en gran medida de la incorporación de gente joven. Muchos de los equipos están formados por jugadores veteranos, conocedores del juego, pero conscientes de que es necesario abrir la puerta a nuevas generaciones.

En iniciativas como las celebradas en Zarzuela, Mariana y Sotos se encuentra una de las claves para ese relevo. Jornadas abiertas, entrenamientos compartidos y un ambiente que invite a participar sin necesidad de experiencia previa.

Foto por: Pablo Arribas

«Lo que buscamos con estas tardes es que venga gente joven, que pruebe y que se anime a tirar en verano», señala Juan Arribas. «Al final necesitamos que entre gente al equipo para poder seguir compitiendo y, sobre todo, para que esto no se pierda».

En estas jornadas, además, se aplica una filosofía práctica: todos los bolos que se tiran cuentan. Luego se corrigen. Porque lo importante es que la gente coja la agarradera, sienta el peso de la bola, escuche el golpe en la viga. La técnica ya llegará.

Quien se acerca por primera vez a una bolera puede ver solo un juego. Pero quien se queda descubre algo más profundo: un espacio de encuentro, de conversación y de transmisión de conocimiento entre generaciones.

Los bolos conquenses no entienden de prisas. Requieren tiempo, práctica y convivencia. Y precisamente ahí reside una de sus mayores fortalezas: en su capacidad para reunir a la gente en torno a una tradición compartida.

Mientras haya alguien dispuesto a lanzar una bola y otro a enseñar cómo hacerlo, el juego seguirá vivo. Y en pueblos de Cuenca, cada verano demuestra que, pese al paso del tiempo, aún tiene mucho recorrido por delante.

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