Los Testamentos: ¿‘fan service’ o identidad propia?
Abandonar una serie suele considerarse casi un crimen para el espectador contemporáneo. Una especie de traición narrativa difícil de justificar, que incluso llega a generar debates acalorados. Sin embargo, existen producciones que se perciben como una excepción. Una de ellas es El cuento de la criada. Su primera temporada, marcada por una acumulación asfixiante de violencia, actitudes misóginas y maltrato sistemático hacia las mujeres, la convertía en una experiencia tan brillante como difícil de soportar para los espectadores más sensibles.
Basada en la célebre novela de Margaret Atwood, la serie nos sitúa en la República de Gilead. Un régimen teocrático donde las mujeres fértiles son reducidas a su función reproductiva. Todo ello dentro de un sistema de opresión tan amplio como inquietante.
Pese a que la serie cerró su historia hace menos de un año, lo hizo con un final agridulce. June (Elisabeth Moss) logra salir de Gilead y debilitar el régimen. Pero no destruirlo. Tampoco consigue reunirse con su hija mayor. Un desenlace abierto que dividió a la audiencia entre quienes, desde una mirada más realista, aceptan que en luchas como esta no siempre se gana (o al menos no del todo), y quienes simplemente anhelaban un final feliz para una protagonista tan castigada.
Una nueva generación
Sea por un motivo u otro, y aunque no esté claro si los espectadores estaban preparados para regresar a Gilead, el universo creado por Atwood vuelve a la pantalla con Los Testamentos. Esta vez, con una mirada muy distinta a la que los seguidores de esta saga estaban acostumbrados.
El regreso a este temido lugar desde una perspectiva adolescente es uno de los rasgos más definitorios. La producción llega de la mano de Hulu y Disney+. Agnes Mackenzie, cuyo nombre real es Hannah (Chase Infiniti), es hija de June Osborne (Elisabeth Moss). Ya adolescente, es educada en una escuela para “futuras mujeres” junto a sus amigas. Su objetivo es convertirse en esposa de un comandante. Todo ello en un Gilead que empieza a mostrar desgaste, pero que sigue funcionando bajo las mismas normas y esa incomodidad constante que provoca en el espectador.
No obstante, las diferencias también son evidentes. Se trata de un universo en el que las criadas han perdido su papel central en la reproducción y, en cierto modo, esa función se desplaza hacia las propias mujeres que creen sostener el régimen, así como hacia las niñas que, sin ser plenamente conscientes, están siendo preparadas para asumir ese papel. Una posición que se presenta como honorable, pero que sigue escondiendo una profunda desigualdad.
En esta ocasión, además, la serie abandona el foco casi exclusivo en June. Se abre a tres miradas distintas que construyen el relato desde dentro y fuera de Gilead. Por un lado, quienes han crecido dentro del sistema y lo asumen como normal, como Agnes. Por otro, quienes empiezan a cuestionarlo. Y, finalmente, quienes ya lo observan desde la distancia.
Además del recast de Agnes, la serie incorpora nuevos personajes como Daisy (Lucy Halliday), que amplían ese juego de perspectivas. También regresan rostros conocidos, como la Tía Lydia (Ann Dowd), quien, pese a haber mostrado ciertos atisbos de cambio al final de El cuento de la criada, continúa ocupando una posición clave como figura deautoridad dentro del sistema.
¿Novedad en lo conocido?
Para los fans más fieles, estos primeros episodios resultan suficientes para reengancharse a la historia. Sin embargo, la pregunta es inevitable: más allá del entusiasmo inicial, ¿consigue realmente Los Testamentos sostenerse por sí sola como propuesta independiente?
Las actuaciones son extremadamente sólidas, y en lo visual la serie sigue siendo siendo bastante potente. Aunque mantiene esa estética cuidada y simétrica de su predecesora, la paleta de colores se expande: ya no todo es el rojo de las criadas o el verde de las esposas; ahora el morado de las adolescentes y el blanco de las conversas aportan una luminosidad distinta, casi engañosa.
Sin embargo, también se percibe un intento de abrir la serie a un público más amplio. El primer episodio, en ese sentido, puede pecar de cierto didactismo, como si necesitara explicar demasiado un mundo que, para muchos, ya resulta familiar. Esta insistencia constante en contextualizarlo todo hace que surja una duda inevitable: si realmente logra consolidarse como una serie independiente o si, por el contrario, sigue demasiado atada a su predecesora.
A su favor, destacan elementos como el excelente trabajo de Chase Infiniti, cuyo personaje pasa gran parte del tiempo contenido, mientras se asiste poco a poco a la caída de esa venda que le cubre los ojos, casi siempre al borde de las lágrimas. Su interpretación construye un desencanto progresivo en pequeñas dosis, que apuntan al dolor y, quizá, también a la rabia.

No obstante, este proceso necesita desarrollarse con cuidado: si se precipita o se simplifica en exceso bajo esa mirada más juvenil, corre el riesgo de perder profundidad y restar fuerza a uno de los arcos más interesantes de la serie.
Con un nuevo episodio cada miércoles, Los Testamentos irá desvelando poco a poco hacia dónde quiere dirigirse. Por ahora, deja entrever destellos de una serie con ideas lo suficientemente interesantes como para construir un discurso propio. La incógnita está en si sabrá desarrollarlas con la fuerza necesaria o si acabará dependiendo demasiado de lo que ya fue. Queda por ver si estamos ante una secuela que logra estar a la altura (o incluso superar) a su predecesora, o si terminará consolidándose, simplemente, como un producto que intenta encontrar su lugar dentro de una historia que ya estaba contada.
