Infraestructuras

Terapia de hierros

Se supone que esto es un artículo de opinión sobre el gimnasio del Campus de Cuenca, pero la realidad es que dista bastante de serlo. Al menos en la teoría. Esto es un escaparate para expresar que después de cinco años y dos carreras sigo sin saber cuál es mi sitio. Siempre a excepción del momento en el que, de forma religiosa todas las mañanas, o levanto hierros o mi propio peso corporal. Ni todo el mundo puede ir al gimnasio, ni están obligados, pero ese espacio de la UCLM tiene un componente terapéutico que hasta el momento estaba por descubrir.

Cada loco con sus temas, uno de los míos, que más ha marcado mi año, fue un accidente de coche. Sumado a las horas de rehabilitación y a todos los pinchazos en la espalda, hubo gente que no se creyó que tuviese un accidente. Ese componente de creer o no creer, en cualquier otra persona sería insignificante. En mi caso, con cero autoestima y ninguna validación personal debido a la deriva académica, me acabó afectando todavía más en este último año de universidad. Pero, ¿qué tienen que ver churras con merinas, es decir, el gimnasio y mi accidente?

Otra vez, puede no tener nada que ver. Pero para un chaval que entró a su último año sin saber qué quería y lo acaba sin saberlo todavía, su paso por el gimnasio ha hecho que vuelva a sentir las ganas de pisar el campus sin pensar en su futuro o en si la decisión que tomó con 18 años era la correcta. No es un gimnasio convencional. Además, no voy a hablar de lo barato que es o lo que ofrece por ese precio. No es la teletienda sino una opinión de un chaval normal.

Además de la terapia de a las 8:30 ponerse el último disco de Faenna y hacer press militar, es importante recalcar el componente social que lo hace especial. Ya van 3 años desde que piso este gym y solo en este me lo tomo en serio. Hay cuatro motivos: el componente estético, el físico, volver a sentirme valorado y útil y, finalmente, por la maravillosa gente que me acompaña cada mañana.

Una vez acaba el speech más deportivo-emotivo, vuelve la realidad. Cuando hablo de deriva académica, si esto lo leen amigos o gente que me conozca, se empezarán a reír. No se trata de sacar mejores notas o de salir de un examen pensando que se dio mal y acabar con buena calificación. Se trata de, tú como persona, sentir que no estás perdiendo tu tiempo. Se trata de no sentirte como una botella que navega por el océano cuyo mensaje o está en blanco o pide ayuda u orientación en unos gritos que no salen del recipiente.

El gimnasio es una forma de evasión y una excusa para expulsar muchas de las realidades que he sentido este tiempo atrás y no estoy seguro de querer seguir sintiendo. Puede sonar a libro malo de autoayuda, pero no se trata de una oferta tentadora de ir al gimnasio. Se trata de encontrar las vías para seguir conociéndote sin explotar por el camino. Porque no queremos ser un ouroboros que pasa la eternidad de su tiempo mordiéndose a sí mismo. Queremos poder encontrar el foco y, en caso de no hacerlo, tratar de seguir adelante sin traicionarnos a nosotros mismos.

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