Estudiar también cuesta vivir
Acceder a la universidad siempre se ha presentado como una gran oportunidad. Una puerta al futuro y a una vida mejor. Sin embargo, para miles de estudiantes, entrar en la universidad también significa enfrentarse a una realidad económica cada vez más complicada. Porque el verdadero coste de estudiar no es solo una matrícula, es un alquiler, un transporte público, una compra semanal, unos apuntes impresos, un café entre clase y clase y una ansiedad de llegar a fin de mes.
Durante años, el discurso público ha insistido en que la universidad garantiza igualdad de oportunidades. Pero esa igualdad empieza a no ser real cuando un estudiante necesita abandonar su ciudad para cursar la carrera que desea. A partir de este momento, estudiar deja de ser solo una cuestión académica y se convierte también en un gran desafío económico.
El alquiler es, probablemente, el gasto que más condiciona la experiencia universitaria. Encontrar una habitación asequible se ha convertido en una auténtica. Y con una habitación me refiero a una simple habitación con un armario, una cama, un escritorio y lo más importante, sin humedades. Muchos de nosotros pagamos entre 200 y 300 euros por una habitación simple. A esto se le suman los gastos de luz, agua, internet, gas, que elevan todavía más el precio final. Para muchas familias, mantener a un hijo estudiando fuera supone un esfuerzo económico enorme.
Pero incluso quienes no se mudan deben asumir también otros gastos importantes. El transporte público, aunque más económico con algunas ayudas, continúa representando un desembolso mensual. Además, no todos los estudiantes viven en grandes ciudades con buenas conexiones. Muchos dependen de trenes regionales, autobuses interurbanos o incluso del coche particular para acudir diariamente a clase.
La alimentación es otro aspecto que suele pasar desapercibido cuando se habla del coste universitario. Comer bien y de forma equilibrada, y no arroz y pasta de lunes a domingo, resulta difícil cuando el presupuesto es limitado. La subida de los precios en supermercados y restaurantes obliga a muchos jóvenes a reducir gastos precisamente en algo tan básico como la comida. No es extraño que los estudiantes opten por productos más baratos y poco saludables para poder sobrellevar la semana.
A todo ello se añaden los llamados «gastos invisibles»: fotocopias, libros, ordenadores, programas informativos, etc. Son que pequeñas cantidades que, acumuladas durante el curso, terminan suponiendo cientos de euros adicionales. Y aunque las becas ayudan a parte del alumnado, no siempre cubren la totalidad de las necesidades reales. Además de que, muchos estudiantes quedan fuera de estas ayudas por criterios económicos demasiado estrictos o por diferencias mínimas a la renta familiar.
Esta situación tiene consecuencias que van más allá de lo financiero pues la presión económica afecta directamente al rendimiento económico y a la salud mental de los estudiantes. Muchos compaginamos los estudios con trabajos precarios y mal remunerados para poder mantenerse. Trabajos de noche, los fines de semana o largas jornadas que reducen el tiempo de descanso y estudio.
Resulta paradójico que, en una sociedad que insiste en la importancia de la formación superior, acceder y mantenerse en la universidad sea tan caro. La educación debería funcionar como un mecanismo de movilidad social y no como un privilegio condicionado por la situación económica familiar. Sin embargo, cada vez más jóvenes se ven obligados a renunciar a determinadas carreras, universidades o experiencias académicas simplemente porque no pueden permitírselas.
Hablar de los costes universitarios no es victimizar al estudiantado ni negar el esfuerzo de generaciones anteriores, sino que es, reconocer que estudiar implica mucho más que pagar una matrícula. Implica poder vivir dignamente mientras se construye un futuro.
