Infraestructuras

La Facultad de Comunicación sin cafetería y sin opciones para intolerancias

En cualquier universidad, las cafeterías cumplen una función que va mucho más allá de servir cafés o bocadillos. Son espacios de descanso que terminan formando parte de nuestra experiencia como estudiantes. En el campus de la UCLM en Cuenca, esta realidad se percibe de forma clara. Hay cafeterías que se han consolidado como puntos de encuentro habituales por sus precios. Sin embargo, también existen diferencias evidentes entre facultades que dejan al descubierto ciertas carencias, como ocurre en la Facultad de Comunicación.

Resulta paradójico que un centro en el que los alumnos pasan buena parte del día entre clases, trabajos y grabaciones carezca de cafetería propia. No se trata únicamente de la comodidad. Recuerdo tener 15 minutos de descanso entre clases, los cuales entre ir al Lidl y volver terminaban pasándose volando. Por no hablar de que no me daba tiempo a comerme la merienda antes de volver a entrar a clase.

Es cierto que la facultad dispone de una zona de descanso equipada con microondas, algo que facilita de una forma u otra la situación, permitiendo a los estudiantes organizarse de una mejor forma la jornada. Sin embargo, esta solución resulta insuficiente para cubrir las necesidades reales del alumnado. La mayoría de los jóvenes terminan viéndose obligados a traer la comida desde casa, bajar supermercados cercanos como Lidl o Alcampo para poder comprar algo rápido. Incluso a veces, se desplazan a otras cafeterías del campus para poder comer. Una situación que, con el paso del tiempo, deja de percibirse como algo puntual para convertirse en una carencia estructural normalizada dentro del centro.

La alternativa actual tampoco parece responder a las necesidades reales del alumnado. Las máquinas expendedoras instaladas en la facultad ofrecen una variedad limitada y continúan ignorando una cuestión cada vez más presente en la sociedad, como lo son las intolerancias. Yo soy intolerante a la lactosa y la verdad es que me gustaría que hubiera alguna opción que poder tomar dentro de la facultad.

La falta de productos adaptados para personas celíacas o intolerantes refleja una desconexión entre los servicios universitarios y la realidad de muchos jóvenes. Es sorprendente como aspectos tan cotidianos sigan quedándose en un segundo plano. En estos casos, los estudiantes tienen que desplazarse sí o sí a otro lado para poder beberse un café o tomarse algo entre clases.

Mientras tanto, otras cafeterías del campus, como la de Bellas Artes y la Politécnica han triunfado tanto por sus precios, como por ofrecer soluciones ante este tipo de problemáticas, como lo son los cafés con leche vegetal o sin lactosa, o incluso dar la opción a bollería sin gluten.  Esto demuestra que el problema no reside en la falta de interés estudiantil, sino en la desigualdad de recursos y servicios entre centros. Al final, la Facultad de Comunicación prefiere invertir la mayor parte de su dinero en los préstamos de material para los estudiantes, lo cual resulta una buena oportunidad para poder grabar y realizar proyectos propios si no se dispone del material para ello, pero ¿tanto cuesta poner, aunque sea un bocadillo sin gluten y un café sin lactosa en las máquinas?

La universidad suele hablar de bienestar estudiantil, de modernización y de adaptación a nuevas necesidades sociales. Sin embargo, esos discursos pierden fuerza cuando cuestiones tan básicas como disponer de una cafetería o contar con opciones alimentarias inclusivas continúan sin resolverse. El resto de cafeterías, poco a poco están implementando este tipo de medidas, porque son cada vez más los estudiantes que se quejan de ello. En la Facultad de Comunicación aun no se ha implementado y no se sabe si en algún momento ocurrirá. Yo ya no estaré para verlo, pero espero que tengan en cuenta las necesidades de todos los estudiantes.

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