OPINIÓN

Independizarse también es aprender a crecer

Cada año miles de jóvenes dejan su ciudad y a sus familias para empezar la universidad. Independizarse a los 18 años puede dar miedo. En ese momento te das cuenta realmente de que ya no eres un niño y empiezas a asumir responsabilidades muy pronto. Pero más allá de los problemas, también es una experiencia que te ayuda a madurar y a conocerte mejor. Independizarse también es aprender a crecer.

El día que supe que me habían aceptado en la universidad estaba feliz. Iba a estudiar lo que quería, pero a medida que pasaban las semanas empezaba a ser consciente de que las cosas no serían iguales. Por un lado pensaba en que realmente era una persona con suerte porque solo me iba a dos horas de distancia de mi casa, pero pronto te das cuenta de que no es una cuestión de kilómetros. Es entender que, aunque sigues teniendo cerca a tu familia, ya no vas a volver a casa todos los días ni vas a tener siempre a alguien resolviendo tus problemas.

De repente eres tú quien tiene que organizar su tiempo para cocinar, limpiar, estudiar y aprender a administrar el dinero. Y todo esto intentando no morir en el intento. Son pequeñas cosas que antes parecían insignificantes, pero que empiezan a cobrar importancia cuando vives sola. A todo esto se suma algo que casi nadie valora hasta que lo vive: compartir piso con personas que no conoces. Llegas a un lugar nuevo sin nadie que te acompañe y casi sin darte cuenta, te encuentras con compañeros de piso que en realidad son completos desconocidos.

El primer año no fue nada fácil. Sentía que no encajaba y todo parecía demasiado grande. Llegó un punto en el que incluso mi madre pensó que acabaría dejando la carrera. Ella me decía que pensaba que aún no estaba preparada para asumir tantos cambios, pero hubo un momento en el que todo empezó a cambiar. Poco a poco, la chica que no sabía relacionarse empezó a conocer mejor a las personas que tenía a su alrededor.

Independizarse también tiene su parte buena. Aprendes a ser más independiente y llega un momento en el que te das cuenta de que eres capaz de resolver problemas que antes veías imposibles. Gracias a independizarme a los 18 años me di cuenta de que tal vez no valoraba lo suficiente lo que tenía. Pero después de cinco años Cuenca ha dejado de ser una ciudad desconocida para convertirse en una ciudad llena de recuerdos. Y esto es especialmente gracias a cuatro personas: Antía, Antonia, Laura y Paula. Mis chicas. Conocerlas me hizo entender que independizarse no es dejar atrás tu vida de siempre, sino abrirse a vivir experiencias con personas que empiezan siendo desconocidas y se convierten en familia.

Así que después de cinco años en Cuenca, para mí independizarme ha significado vivir experiencias y asumir responsabilidades que no pensaba que tendría con 18 años. Pero sobre todo ha sido entender que podía con muchas más cosas de las que imaginé. Eso sí, cada vez que veo una lavadora nueva tengo que seguir llamando a mi madre para que me explique cómo ponerla bien, pero esto también es parte de crecer.

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