Vivir con el piloto automático
Hay etapas en la vida en la que una persona no vive, simplemente las atraviesa o se vive en piloto automático. La vida universitaria es un tren que pasa una vez, pero en mi caso he visto como he llegado a la última parada y que no me ha dado tiempo a disfrutarlo del todo.
Ha sido un trayecto largo, de cinco años para ser exactos, en el que he aprendido a moverme con el piloto automático puesto, como quien conduce de noche por una carretera conocida y solo se da cuenta del camino cuando ya ha llegado al destino final.
La universidad es un camino muy diferente para cada persona, hay gente que aprovecha las fiestas, el caos y noches que se alargan sin permiso. Que aprovechan esa última oportunidad de descontrol antes de convertirse en ese “adulto funcional” al que todos tenemos miedo. Pero mi camino ha sido siempre entre agobios, horarios solapados, carreras de un lado para otro y miles de historias a la vez que compaginar.
A los 18 años tenía algo claro, quería contar historias, descubrir y destapar las verdad y lo más importante: dar voz a quienes no pueden tenerla en muchas ocasiones. Pero también, más allá de los créditos, asignaturas y trabajos varios, siempre he estado enamorada de la música.
Música y periodismo
Ahí mis dos grandes facetas. Siempre desde que tengo uso de razón éramos yo y ese pequeño instrumento de madera que me acompaña allá a donde voy, y por lo que en más de una ocasión he tenido que decir “lo siento no puedo o esta semana imposible». Algo que se ha convertido en mi forma de estar en el mundo.
Pero a pesar de los agobios, la universidad ha sido hogar. Me ha regalado amistades que no siento como parte de una etapa, sino como familia elegida. Me ha dado grandes profesores de los que aprender, y que en ocasiones vieron cosas en mí que ni yo había conseguido ver. He tenido conversaciones reflexivas, risas eternas y una versión de mi misma que no sabía que podía existir. Me ha dado sin lugar a dudas la vida universitaria más atípica, pero más bonita que jamás haya podido tener jamás.
En esta recta final, miro atrás con mucho vértigo, pero también con ternura y me doy cuenta de que el piloto automático no era renunciar a cosas, sino una forma de avanzar cuando no había tiempo para detenerse y una manera de sostener todas mis versiones sin que ninguna se rompiera.
Quizá la vida adulta y lo que nos espere sea justo eso, y el saber apagar ese piloto automático de vez en cuando. Mirar el paisaje, cada momento y reconocer que el camino es lo más importante. Y aceptar que, aunque la universidad sea un tren de una sola vez, siempre dejará huella en lo que seremos algún día.
