Jóvenes de tierra firme
En un contexto marcado por la despoblación rural y el progresivo envejecimiento del sector primario, cada vez son menos los jóvenes que deciden desarrollar su vida profesional en el campo. La falta de relevo generacional, las duras condiciones laborales y la incertidumbre económica han convertido a la agricultura y la ganadería en opciones poco atractivas para las nuevas generaciones. Sin embargo, todavía existen casos que rompen con esta tendencia y demuestran que, pese a las dificultades, el campo sigue siendo una opción de vida para algunos jóvenes.
Es el caso de Daniel Navalón, un joven ganadero que, con tan solo 18 años, decidió abandonar sus estudios para hacerse cargo del negocio familiar. Lejos de tratarse de una decisión improvisada, su elección responde a una oportunidad que no quiso dejar pasar. “Tuve la oportunidad de heredar el negocio familiar y la aproveché”, explica. Su historia refleja una realidad frecuente en el medio rural: la continuidad generacional como principal vía de acceso al sector primario.
El trabajo de Navalón gira en torno a un rebaño de aproximadamente 700 cabezas, además del cuidado de tierras asociadas a la explotación. Su jornada comienza temprano, en la nave donde se encuentran los corderos junto a sus madres. Allí revisa el estado de los animales, se asegura de que estén bien alimentados y realiza labores de limpieza.
Posteriormente, traslada al ganado adulto al campo, donde permanece durante unas siete horas diarias pastando en los terrenos asignados. Una vez finalizada esta parte del trabajo, regresa a la nave para realizar una última comprobación y proporcionar una segunda ración de alimento antes de concluir el día.
Se trata de una rutina exigente, marcada por la constancia y la responsabilidad. “No puedes fallar ningún día”, señala Navalón. “Tienes animales a tu cargo que dependen de ti los 365 días del año, es algo muy esclavo”. Esta dependencia absoluta del ganado condiciona no solo su jornada laboral, sino también su vida personal, ya que apenas existen pausas o descansos reales.
A pesar de ello, Navalón encuentra en su trabajo elementos que compensan el esfuerzo. Uno de ellos es la autonomía: trabajar para uno mismo, gestionar su propio negocio y ver los resultados directos de su dedicación. “Lo más gratificante es ver cómo el esfuerzo se ve recompensado económicamente y estar trabajando para ti mismo”, afirma. Esta combinación de sacrificio y recompensa define en gran medida la experiencia de muchos jóvenes que optan por el sector primario.
En sus primeros años, el apoyo institucional ha sido clave para mantenerse en la actividad. Navalón reconoce que recibe ayudas públicas que facilitan la continuidad del negocio, especialmente en las etapas iniciales.
“Recibimos bastantes ayudas por parte del Estado que nos dan un empujón para poder sobrellevar mejor los primeros años”, explica. Estas subvenciones, orientadas en muchos casos a fomentar la incorporación de jóvenes al campo, se presentan como un instrumento fundamental para garantizar la supervivencia del sector.
No obstante, el ganadero no oculta su preocupación por el futuro. Considera que el sector primario atraviesa un momento delicado y que son necesarios cambios estructurales para hacerlo más atractivo. “Deberían cambiar bastantes cosas para que la gente joven se empezara a interesar más por él”, advierte. En su opinión, la falta de interés entre las nuevas generaciones pone en riesgo un sector que, paradójicamente, resulta esencial para la sociedad. “Al final es el sector más importante y cada vez hay menos gente que se quiera dedicar a él”, añade.
A pesar de esta incertidumbre, Navalón se muestra dispuesto a continuar en el oficio, al menos a medio plazo. “Soy muy joven, no sabría decirte si para toda la vida, pero la idea es que sí”, afirma. Su testimonio representa el de aquellos jóvenes que, por tradición o convicción, siguen apostando por el campo como forma de vida.
Sin embargo, no todos los caminos hacia el sector primario pasan por la herencia familiar. Alejandro Martínez Losa, de tan solo 20 años, es un ejemplo de ello. En su caso, la decisión de convertirse en pastor no responde únicamente a la tradición, aunque esta también esté presente en su entorno. Su abuelo ya se había dedicado a este oficio, lo que le permitió conocer de cerca la realidad del trabajo desde una edad temprana. Aun así, su elección tiene un componente personal claro.

“Había trabajado antes en otros sitios, pero no tenía la paz, ni la tranquilidad, ni el bienestar que tengo con los animales”, explica. Para Alejandro, el campo no es solo un lugar de trabajo, sino también un espacio de equilibrio personal. Frente al ritmo acelerado de otros empleos, encuentra en la vida rural una forma distinta de entender el tiempo y el bienestar.
Su entorno familiar, aunque conocedor del oficio, no recibió su decisión con entusiasmo. “Mi familia bien, pero no les gusta tampoco, porque es todos los días, de lunes a domingo, muchas horas”, reconoce. Esta reacción pone de manifiesto una de las principales barreras del sector: incluso quienes lo conocen de cerca son conscientes de su dureza y, en muchos casos, no lo consideran una opción deseable para las nuevas generaciones.
A diferencia de Navalón, Alejandro no se enfrentó a grandes sorpresas al comenzar. “No me sorprendió nada porque ya sabía cómo era”, afirma. Haber crecido viendo a su abuelo y a otros familiares desempeñar el trabajo le permitió tener una visión realista desde el principio. Sin embargo, conocer la dureza del oficio no la hace menos exigente.
Su jornada comienza a las siete de la mañana y puede prolongarse hasta las nueve y media o diez de la noche. “Son muchas horas”, resume. En este contexto, los perros desempeñan un papel esencial. “Son tus manos y tus pies”, explica. Gracias a ellos, puede gestionar el ganado de forma más eficiente, evitando tener que desplazarse constantemente o realizar tareas que los animales pueden asumir de manera instintiva bajo su dirección.
Más allá del esfuerzo físico, Alejandro también señala la presión social como un factor a tener en cuenta. “Todo el mundo te dice cosas de cómo puedes ser pastor”, comenta. Esta percepción social del oficio, a menudo asociada a una imagen de sacrificio extremo y escasa proyección, influye en la forma en la que los jóvenes valoran su futuro en el sector.
El sacrificio personal es, de hecho, uno de los aspectos más destacados en su testimonio. “He renunciado a muchas cosas”, admite. Viajar, salir de fiesta o disfrutar de vacaciones en fechas señaladas son actividades que, en su caso, quedan relegadas a un segundo plano. “Semana Santa trabajé toda la semana, las fiestas también… hay que renunciar a muchísimas cosas”, explica. Esta renuncia constante contrasta con el estilo de vida de otros jóvenes de su edad, lo que refuerza la idea de que el trabajo en el campo implica una forma de vida distinta.
A ello se suma una crítica directa a las condiciones del sector. Alejandro señala que el esfuerzo realizado no se corresponde con la compensación económica ni con el apoyo institucional recibido. “Para todo lo que se trabaja, el sueldo es muy bajo. No dan ninguna ayuda, es todo muy difícil”, denuncia. Su visión pone sobre la mesa una problemática estructural que afecta a gran parte del sector primario: la falta de rentabilidad y reconocimiento.
Los testimonios de Daniel Navalón y Alejandro Martínez Losa, aunque diferentes en su origen, coinciden en señalar los principales retos del sector primario en la actualidad. Ambos destacan la dureza del trabajo, la necesidad de compromiso constante y las dificultades económicas como factores determinantes. Al mismo tiempo, también ponen en valor aspectos como la independencia, el contacto con la naturaleza y la satisfacción personal que proporciona el oficio.
En un momento en el que el futuro del campo depende en gran medida de la incorporación de nuevas generaciones, historias como estas adquieren una relevancia especial. Representan no solo una forma de vida, sino también la resistencia de un sector que, pese a las adversidades, sigue siendo fundamental para el conjunto de la sociedad.
