OPINIÓN

Horarios universitarios: una cuestión de inclusión real en la Facultad de Comunicación

La universidad se presenta como una institución abierta a toda la sociedad, donde cualquier persona puede acceder a la formación superior sin importar su edad o situación personal. Sin embargo, en la práctica, esta idea no siempre se cumple plenamente. En la Facultad de Comunicación, los horarios académicos dificultan la conciliación de los estudios con la vida laboral y familiar de muchos estudiantes de mayor edad, que, aunque minoritarios, forman parte activa del alumnado.

La organización actual de los horarios universitarios no está adaptada a la diversidad real del estudiantado, lo que genera dificultades para aquellos que compaginan los estudios con trabajo, familia u otras responsabilidades. Si la universidad es verdaderamente inclusiva, debe garantizar no solo el acceso, sino también la posibilidad real de continuar y finalizar los estudios en condiciones adecuadas.

Foto: Instalaciones de la Facultad Comunicación. Fuente: UCLM

En la actualidad, la mayoría de las asignaturas se concentran en franjas de mañana y primeras horas de la tarde, lo que dificulta la asistencia de estudiantes con responsabilidades externas. Esta estructura responde principalmente al perfil tradicional de estudiante a tiempo completo, sin cargas laborales o familiares, lo que no refleja completamente la realidad actual del alumnado.

Como estudiante de mayor edad, he podido observar cómo esta rigidez horaria obliga en ocasiones a reorganizar de forma compleja la vida personal y profesional para poder asistir a clase. Esto no solo implica un esfuerzo añadido, sino que también puede generar estrés y sensación de desigualdad frente a quienes no tienen estas limitaciones. En algunos casos, esta situación lleva a tener que renunciar a determinadas asignaturas o a prolongar la duración de los estudios más de lo previsto. Incluso puede influir en la motivación y en la continuidad académica, especialmente cuando la conciliación se convierte en un obstáculo constante.

Además, los estudiantes con más experiencia vital y laboral aportan una perspectiva enriquecedora en el aula, que contribuye a la dinámica de las clases y al aprendizaje colectivo. Esta diversidad debería ser considerada un valor añadido dentro del sistema universitario, y no un elemento que el modelo organizativo dificulte. Por ello, una mayor flexibilidad horaria, con una distribución más equilibrada de las clases a lo largo del día, contribuiría a mejorar la igualdad de oportunidades sin perjudicar a ningún colectivo.

Foto. Edificio Facultad de Comunicación de Cuenca. Fuente: Ana López.

En definitiva, si la universidad quiere ser coherente con su objetivo de accesibilidad e inclusión, debe seguir avanzando hacia una organización más flexible de los horarios. No se trata de favorecer a unos estudiantes frente a otros, sino de adaptar la estructura académica a la diversidad real del alumnado. Solo así se podrá garantizar una educación superior verdaderamente accesible, equitativa y acorde con la sociedad actual.

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