UNIVERSIDAD

Honoris Causa: el doctorado que no se estudia, pero se merece

No todos los doctorados se escriben en bibliotecas ni se defienden ante un tribunal. Algunos se conceden como reconocimiento a una vida entera de trabajo, influencia y legado. Es el caso del Doctor Honoris Causa, uno de los títulos más simbólicos, y también más desconocidos para el gran público dentro del mundo universitario.

Su origen está en el latín y significa «por causa de honor». No hay asignaturas, ni matrícula, ni tesis doctoral. En su lugar, hay una decisión institucional: la de reconocer a una persona cuya trayectoria ha contribuido de manera significativa al conocimiento, la cultura o la sociedad. Es, en cierto modo, la forma que tiene la universidad de decir: esto también es saber.

Cuando el mérito no pasa por el aula

A diferencia del doctorado académico, este título no acredita una formación, sino una trayectoria. Por eso, quienes lo reciben no siempre pertenecen al ámbito universitario. Escritores, cineastas, científicos o deportistas han sido distinguidos con este reconocimiento a lo largo de los años.

Ahí están nombres como el de Mario Vargas Llosa, cuya obra ha marcado generaciones; Pedro Almodóvar, referente del cine contemporáneo; o Vicente del Bosque, símbolo de liderazgo en el deporte. Perfiles distintos, trayectorias distintas, pero un mismo punto en común: haber dejado huella.

Investidura de Mario Vargas Llosa como doctor ‘honoris causa’. Fuente: UCLM

Este reconocimiento amplía así la idea tradicional de conocimiento. No todo se aprende en la universidad, pero la universidad sí puede reconocerlo.

La UCLM y el peso de la distinción

En la Universidad de Castilla-La Mancha el doctorado honoris causa está considerado la máxima distinción institucional. Se concede a personas cuya trayectoria académica, científica, cultural o técnica refleja valores alineados con la propia universidad.

No es un gesto aislado, sino parte de los llamados actos solemnes, junto a ceremonias como la apertura del curso académico o la festividad de Santo Tomás de Aquino.

Un ejemplo claro es el nombramiento de la fotógrafa Cristina García Rodero, investida doctora honoris causa en 2018 en el campus de Ciudad Real. Con este reconocimiento, se convirtió en la primera mujer en recibir esta distinción en la UCLM, marcando un hito dentro de la institución.

Cristina García Rodero durante su investidura como doctora ‘honoris causa’. Fuente: Gabinete de Comunicación UCLM

Durante la ceremonia, la artista ofreció una intervención centrada en su trayectoria vital y profesional, utilizando imágenes de su obra para transmitir su forma de entender la fotografía como una manera de «hablar de la vida».

Su nombramiento no solo reconocía una carrera internacional, marcada por su trabajo sobre tradiciones, cultura y sociedad en distintos países, sino también su papel como referente cultural y su vinculación con Castilla-La Mancha.

Además, la UCLM ha reforzado recientemente el carácter simbólico de este reconocimiento con iniciativas como el llamado Muro de Vítores, ubicado en el Campus de Ciudad Real: una galería en el Paraninfo del Rectorado que deja constancia visible de quienes forman parte de este claustro honorífico. Una forma de convertir el reconocimiento en memoria colectiva y proyectarlo hacia el futuro.

Un ritual lleno de significado

La investidura no es solo un acto formal, sino una ceremonia cargada de tradición. El nuevo doctor recibe elementos simbólicos como el birrete, el anillo o el libro, que representan la sabiduría, el compromiso con el conocimiento y su vínculo con la universidad.

Pero hay algo que pesa más que cualquier símbolo: la palabra. El discurso del nuevo doctor suele convertirse en el momento central del acto, donde experiencia y reflexión se encuentran con el espíritu universitario.

Lo que realmente se reconoce

El Doctorado Honoris Causa no habilita para ejercer ni sustituye a un título académico. Su valor es otro. Tiene que ver con la legitimidad y el prestigio y, sobre todo, con el relato que construyen las instituciones sobre qué merece ser reconocido.

En un momento en el que la universidad busca reafirmar su papel en la sociedad, estos nombramientos funcionan también como una declaración de intenciones. No solo miran al pasado de quien lo recibe, sino que proyectan una idea de futuro: qué tipo de conocimiento importa, qué trayectorias inspiran y qué impacto se considera valioso.

Porque, aunque no haya exámenes ni aulas de por medio, el mensaje es claro: hay formas de aprender, y de enseñar, que van mucho más allá de un título.

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