OPINIÓN

El arte de valorar lo que se tiene

Hay una expresión (muy manida, todo sea dicho) que dice que “no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”. Esta frase, aplicada normalmente a las personas (pareja, amigos o familiares, por ejemplo), hace referencia también a otros aspectos, como las instituciones o la calidad de vida. Y es precisamente ese el epicentro del artículo de hoy.

Allá por el primer trimestre del 2024, cuando cursaba segundo, empezó a rondarme por la cabeza la idea de acercarme a casa a través del programa SICUE. Para mí, que siempre digo a modo de broma que llevo cuatro años de SICUE, ese iba a ser mi primer año de carrera “normal”. El volver a casa y rodearme de los míos me tentaban demasiado, pero la realidad acabó siendo otra.

Al llegar a la Facultad de Ciencias de la Información, me encontré un contexto completamente distinto al de nuestra Facultad de Comunicación, algo que, por otra parte, ya me imaginaba. El edificio gozaba de unas dimensiones mucho más grandes y, en consecuencia, el volumen de alumnado era considerablemente mayor.

Quiero dejar claro que no tengo nada en contra ni de la ciudad de Santiago ni de la USC. El motivo por el que esa aventura fracasó fue que no conseguí adaptarme a otro contexto distinto al de la FCOM, uno muy familiar y accesible en todos los sentidos (por ejemplo, en lo que al préstamo de material audiovisual se refiere).

El lector podría pensar que todo esto cae de cajón. Y, realmente, es así: era evidente que me iba a costar integrarme en un ambiente completamente diferente, en el que el personal, tanto el docente como los trabajadores, no tenía tanto contacto con el alumno. A todo esto hay que sumarle que los estudiantes llevaban relacionándose entre ellos y con los profesores durante cuatro años. Y, en ese contexto, simplemente no encajé.

Todo esto me lleva de vuelta al inicio del artículo. Esta Facultad se ha convertido en mi segundo hogar y, el personal (a todos los niveles) que la compone, en mi segunda familia. Sé de buena mano que Cuenca puede no ser un destino muy atractivo sobre el papel, pero, como se suele decir, “no está la miel hecha para la boca del asno”. Y no me arrepiento de haber probado esa miel.

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