OPINIÓN

Desconocidos que acabaron siendo casa

Nadie te explica que la universidad no empieza del todo en una clase. Empieza en una mirada perdida buscando el aula correcta. También en una conversación incómoda con alguien que tampoco conoce a nadie. O en ese primer grupo de WhatsApp donde todos preguntan lo mismo porque nadie sabe muy bien qué está haciendo.

Llegamos pensando que la carrera iba a consistir en estudiar, aprobar y aprender una profesión. Y sí, también fue eso. Pero, después de cuatro años, cuesta no pensar en todo lo demás. Una parte importante de la universidad se ha construido en las relaciones que han ido apareciendo por el camino.

Hace cuatro años, terminar la carrera parecía una idea demasiado lejana. Todo era nuevo: la ciudad, las rutinas, los profesores, las asignaturas y, sobre todo, las personas. Al principio, las relaciones dentro de la universidad tienen algo de supervivencia. Te juntas con quien se sienta cerca, con quien comparte apuntes, con quien también parece igual de perdido.

Muchas veces no hay una gran historia detrás, solo una casualidad. Coincidir en la misma clase, en el mismo grupo de prácticas o en la misma mesa a la hora de comer entre clase y clase.

Quizá por eso resulta inevitable preguntarse qué habría pasado si, con 18 años, hubiese elegido otra carrera, otra ciudad u otro camino. Una decisión que entonces parecía casi administrativa, rellenar una matrícula, escoger una opción, empezar una etapa nueva; terminó condicionando mucho más que unos estudios. También decidió, sin que yo lo supiera, las personas con las que iba a cruzarme, las amistades que iban a sostenerme y los vínculos que acabarían formando parte de mi vida.

Con el tiempo, esas casualidades empiezan a pesar más de lo que parece. Hay compañeras que dejan de ser solo compañeras. Personas con las que compartes trabajos hechos a última hora, agobios antes de un examen y conversaciones que empiezan hablando de una entrega y acaban en cualquier otra cosa. En la universidad, las relaciones se mezclan con el aprendizaje de una forma extraña: no solo aprendes contenidos, también aprendes a convivir, a negociar, a ceder y a confiar.

Porque no todas las relaciones universitarias son iguales ni todas permanecen. Algunas amistades nacen con mucha intensidad y se apagan sin demasiado ruido. Otras aparecen tarde, cuando ya creías que tu círculo estaba cerrado. También están esas personas que no llegan a ser amigas íntimas, pero forman parte de la memoria de la carrera: quienes te saludan por los pasillos, quienes te pasan unos apuntes o quienes hacen más llevadera una clase difícil.

La universidad también enseña que relacionarse no siempre es fácil. Hay grupos que cambian, vínculos que se enfrían, trabajos en equipo que ponen a prueba la paciencia y momentos en los que una puede sentirse acompañada y sola al mismo tiempo. Quizá por eso las relaciones sociales dentro de la carrera no son un complemento, sino una parte central de la experiencia. Nos ayudan a entender quiénes somos cuando salimos del entorno conocido y tenemos que construir nuestro propio lugar.

Cuatro años después, el balance no se mide solo en asignaturas superadas ni en prácticas entregadas. También se mide en las personas que han estado, en las que se quedaron y en las que, aunque ya no estén tan presentes, formaron parte de esta etapa.

La universidad no ha sido únicamente un espacio académico. Ha sido una red de encuentros, despedidas, conversaciones y aprendizajes compartidos. Quizá crecer también era esto: descubrir que una carrera no se recuerda solo por lo que estudiaste, sino por la gente con la que aprendiste a atravesarla.

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