Irse para encontrarse
La universidad no solo te enseña teoría. No son solo apuntes, trabajos ni exámenes. La universidad, en realidad, empieza cuando sales de casa.
Cuando llegas por primera vez, crees que todo va a girar en torno a lo académico: asistir a clase, tomar apuntes, aprobar. Pero nadie te advierte de que lo más importante no está en el aula, sino en todo lo que ocurre fuera de ella. En ese momento en el que haces la maleta y, sin darte cuenta, empiezas a pensar que en ocasiones hay que irse para encontrarse.
Vivir fuera de casa lo cambia todo. De repente, las pequeñas cosas pesan más: hacer la compra, organizarte, aprender a estar sola, y también aprender a pedir ayuda. Porque crecer no es solo volverte independiente, también es darte cuenta de que necesitas a los demás.
Aprender a vivir lejos de los tuyos es, quizá, una de las lecciones más difíciles. Hay días en los que todo va bien, pero también hay momentos en los que echas de menos lo cotidiano: una comida en casa, una conversación sin prisas, la sensación de estar en un lugar donde todo es familiar. Es en esa distancia donde entiendes el valor de lo que tienes y aprendes a sostenerte emocionalmente, a crear nuevos espacios de calma y a convertir otros lugares, y otras personas, en hogar.
Volver de la universidad también tiene un choque silencioso. Regresas al mismo lugar de siempre, pero ya no eres la misma persona, y eso se nota más en los demás que en ti. De repente, te das cuenta de que algunas de tus amigas están viviendo cosas que tú ya has pasado, o al revés, están en etapas a las que tú aún no has llegado. Y ahí aparece una sensación extraña, como de ir desacompasada, como si cada una siguiera su propio ritmo sin que lleguen a encajar del todo. No es que os hayáis alejado, simplemente habéis cambiado, y entender eso también forma parte de crecer: aceptar que no siempre vais a ir a la par, pero que eso no invalida lo que compartís ni lo que os une.
La universidad me ha enseñado a adaptarme. A los días buenos, pero sobre todo a los días en los que todo se acumula y parece que no llegas a nada. A convivir con el estrés, con la incertidumbre y con esa sensación constante de estar en proceso. Porque eso es lo que somos durante estos años: un proceso abierto.
Pero también me ha regalado algo que no aparece en ningún plan de estudios: las personas. Las amigas que se convierten en hogar cuando estás lejos del tuyo. Las que están en los momentos más caóticos, pero también en los más simples.
Al final, te das cuenta de que lo que te llevas de la universidad no cabe en un examen. No se mide en notas ni en créditos. Se mide en todo lo que has cambiado, en lo que has aprendido de ti y en cómo has aprendido a sostenerte, incluso cuando todo parecía tambalearse.
Porque sí, la universidad te forma, pero no solo como profesional. Te forma como persona y quizá ese sea el aprendizaje más importante de todos, cuando miras atrás y entiendes que irse de casa no era solo empezar una carrera. Era empezar a encontrarte.
