CULTURA

El Viña Rock, entre la música y la polémica

Villarrobledo ha vuelto a vivir estos días el pulso del Viña Rock, un festival que regresa rodeado de expectación, memoria y polémica tras meses de tensión en torno a su futuro. La edición de este año ha confirmado que el certamen sigue siendo una cita de enorme peso cultural y económico, pero también que ya no puede entenderse sin el debate que ha acompañado su evolución en los últimos tiempos.

Durante años, el Viña Rock ha sido mucho más que un macrofestival. En Villarrobledo, su presencia se ha convertido en una parte esencial de la vida local: llena alojamientos, impulsa comercios, mueve a centenares de trabajadores y transforma la rutina del municipio en una gran plataforma musical. Esa dimensión, que explica buena parte de su arraigo, también ha hecho que cada crisis se viva con especial intensidad. Y la de los últimos años ha sido una de las más delicadas que recuerda el entorno del festival.

Polémicas

La principal polémica estalló por la vinculación empresarial con KKR, un fondo de inversión con intereses en Israel, que provocó una fuerte reacción en el mundo de la música y en parte del público. La relación con ese grupo financiero generó críticas, cancelaciones de artistas y llamados al boicot que pusieron al certamen en una posición incómoda. La organización acabó anunciando su desvinculación, en un intento de frenar el desgaste y recuperar la confianza de quienes veían cómo el nombre del festival quedaba asociado a un conflicto ajeno a su tradición musical.

Ese episodio no llegó solo. En torno al Viña Rock se venían acumulando otras críticas más antiguas, ligadas a la masificación, a la presión sobre el municipio y a la sensación de que el festival había cambiado respecto a sus primeras ediciones. Para una parte del público, el evento seguía siendo una gran celebración de música en directo, convivencia y cultura popular. Para otra, se había convertido en una maquinaria demasiado grande, con menos espacio para la cercanía y más dependencia de intereses comerciales. Esa tensión entre identidad y crecimiento lleva tiempo instalada en el debate sobre el festival.

Esta edición

Pese a ello, la edición de este año ha conseguido salir adelante y reunir a miles de personas en Villarrobledo. La asistencia ha sido masiva, aunque el ambiente general ha estado marcado por la comparación con años anteriores y por la sombra de las controversias recientes. La organización ha querido presentar el momento como un punto de inflexión, casi como una oportunidad para recomenzar. El reto no es menor: mantener la relevancia del Viña Rock sin que el desgaste reputacional acabe afectando a su papel como uno de los grandes festivales de España.

En la localidad, el festival sigue siendo también una cuestión económica y social. Durante los días de celebración, bares, hostales, supermercados y pequeños negocios notan el impacto de forma inmediata. Pero más allá de las cifras, el Viña Rock forma parte del calendario sentimental de Villarrobledo. Eso explica que muchos vecinos vivan cada edición con una mezcla de orgullo, cansancio y prudencia. Entre ellos está Laura, una joven del municipio, que resume con claridad ese vínculo. “Aquí el Viña Rock no es solo un festival, es algo que se nota en el pueblo entero. Hay más vida, más movimiento y una sensación distinta en la calle”, explica. Para ella, la polémica no borra el peso que el evento tiene en la localidad: “Se habla mucho de los problemas, pero también hay mucha gente que trabaja y que espera estos días todo el año”.

Actuación de los «Sexy Zebras». Fuente: Víctor.

El ambiente actual

La mirada de quienes llegan desde fuera añade otra capa al retrato del festival. Víctor, un joven de Ciudad Real que ha estado este año en el Viña Rock, describe su primera experiencia como “guay” y con buen ambiente, aunque reconoce la caída clara de asistencia. “Se veía perfectamente que había la mitad o menos de lo que suele haber normalmente; incluso los trabajadores lo decían. No había pantallas para la gente del fondo porque simplemente no había fondo”, cuenta.

“Ha sido mi primer año en este festival y me lo he pasado bastante bien. Es verdad que en cuanto al cartel, tampoco eran grupos que conocía, porque al final son muy míticos, pero grupos ya viejunos que no había escuchado apenas”, añade, destacando el lado positivo del menor aforo.

Sobre el impacto de la polémica, es directo: “Por todo el dilema este que hubo con el fondo KKR y demás, ha caído la asistencia, y se notaba mucho el intento de hacer un lavado de cara, como decir ‘somos otra vez punquis y revolucionarios’”. Sin embargo, valora el espacio ganado: “Si vas con colegas, como fue mi caso, puedes estar en tu corro con espacio suficiente, bailando tranquilamente y sin agobio”. 

Su testimonio refleja una idea que ha sobrevolado esta edición: el Viña Rock conserva su esencia incluso en medio de la controversia. Esa resistencia se explica por la fidelidad de su público, por el tirón del cartel y por el peso acumulado de décadas de historia. Sin embargo, también deja claro que el festival ya no puede permitirse ignorar las críticas que lo rodean. La relación entre organización, artistas, vecinos y asistentes se ha vuelto más sensible que nunca, y cualquier decisión futura será observada minuciosamente.

Actuación de los «Celtas Cortos». Fuente: Víctor.

El 30 aniversario ha sido una oportunidad en el horizonte como una oportunidad para reafirmar su identidad y reconstruir puentes. Pero también como una prueba de fuego, ya no bastará con programar grandes nombres o repetir fórmulas de éxito. El reto ahora es el de demostrar que el Viña Rock puede seguir siendo un referente sin perder el equilibrio entre fiesta, música y responsabilidad.

Mientras tanto, Villarrobledo ha vuelto a vivir unos días de música y gran movimiento. El Viña Rock sigue siendo, para muchos, un símbolo de libertad y encuentro. Una cita que, año tras año, continúa ocupando un lugar central en la cultura popular española.

Autor