Los jóvenes atrapados en el paro
España continúa liderando las tasas de desempleo juvenil en Europa, un fenómeno persistente que refleja desequilibrios estructurales en el mercado laboral. Según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), la tasa de paro entre menores de 25 años se sitúa en torno al 25%. Cifra muy por encima de la media de la Unión Europea, que ronda el 14%.
Esta brecha no es coyuntural, pues responde a problemas que afectan tanto a jóvenes, como a trabajadores de mayor edad. El contraste resulta más evidente si se observa la evolución general del empleo. Mientras la tasa de paro total en España ha descendido por debajo del 10%, el desempleo juvenil sigue siendo uno de los principales desafíos del mercado laboral.
Un problema estructural
Uno de los principales factores que explican esta situación es el desajuste entre la formación y el empleo. Cada año, miles de jóvenes finalizan sus estudios universitarios o de formación profesional sin encontrar oportunidades acordes a su cualificación. Ante la falta de empleo, muchos optan por continuar formándose, encadenando másteres y cursos. Sin embargo, esta estrategia no siempre da resultado. La sobreformación se ha convertido en un fenómeno muy común que, en ocasiones, compite con puestos que no requieren ese nivel de estudios.
Adrián Escobar Mora, de 43 años, es un ejemplo de cómo la exclusión laboral se puede cronificar. Licenciado en Administración y Dirección de Empresas, ha completado varios cursos de marketing digital y gestión empresarial en los últimos años. Sin embargo, lleva más de 7 años sin encontrar trabajo. “He mandado cerca de doscientos currículums. Me dicen que estoy sobrecualificado o que buscan perfiles más jóvenes, pero cuando era joven, me decían que necesitaba tener más experiencia”, comenta.
Su situación demuestra un fenómeno bastante común, la sobrecualificación combinada con la discriminación por edad. Adrián no encaja en los perfiles junior, pero tampoco en los puestos directivos que exigen una amplia trayectoria. De este modo, se queda en una especie de “tierra de nadie” laboral. El impacto va más allá de lo económico. Su incertidumbre ha afectado a su estabilidad personal y emocional. “Lo más duro no es no trabajar, sino sentir que todo lo que he hecho no vale para nada. Mi único trabajo es mantener mi casa”, reconoce. Como muchos desempleados, ha tenido que apoyarse en su entorno familiar y ajustar su nivel de vida.
El caso de Adrián también sirve para revelar una contradicción. El sistema promueve la formación continua como solución al desempleo, pero esta no sirve siempre para la reinserción. En su experiencia, los cursos han hecho que tenga un mejor currículum, pero no han servido para nada.
La precariedad
El economista Santiago Niño-Becerra sostiene que el paro juvenil de España está relacionado con un modelo productivo limitado. “España no necesita tanta población activa altamente cualificada porque su estructura económica no lo demanda”, ha señalado. Según el experto, esta situación genera un efecto contradictorio. Mientras aumenta el nivel educativo de la población, el mercado laboral no es capaz de absorber ese talento. Como consecuencia, muchos jóvenes terminan trabajando en puestos que no tienen nada que ver con lo que han estudiado, o directamente no trabajan. Aquí es donde entra otro elemento clave, la calidad del empleo disponible. Los jóvenes suelen concentrarse en sectores como la hostelería, el comercio o el turismo, caracterizados pro una alta temporalidad y salarios bastante bajos.
Es por ello que el paro juvenil no solo responde a una única causa, sino a un cúmulo de factores. Expertos coinciden en que la solución al problema necesita pasar por numerosas reformas que mejoren la conexión entre la educación y la empresa y por tanto, favorezcan la estabilidad en el empleo. Se trata de redefinir las bases del mercado laboral para evitar que el talento se quede al margen.
