SOCIEDAD

Once años sin la política del hijo único: la huella que China no logra borrar

China sigue enfrentándose a las consecuencias de una de las estrategias demográficas más influyentes del siglo XX. Lo que durante décadas fue una herramienta de control de la población ahora ha dejado una marca profunda en la estructura familiar, la natalidad, las migraciones y miles de historias que cruzaron fronteras.

Implantada a finales de los años setenta, la medida limitó a millones de familias sobre todo de carácter campesino a tener un solo descendiente. Se abolió en 2015, sustituida primero por la política de dos hijos y posteriormente por la de tres, aunque no ha logrado revertir la caída de la natalidad en un país que envejece rápidamente.

Crecer sin hermanos

Durante más de tres décadas, millones de personas crecieron sin hermanos, en entornos familiares donde toda la inversión económica y emocional se centraba en un solo hijo. Esta configuración ha tenido efectos duraderos tanto en la estructura social como en las dinámicas familiares.

Actualmente, muchos de estos hijos únicos tienen el desafío de sostener a sus padres y abuelos sin apoyo familiar directo, en un contexto de creciente envejecimiento.

A pesar de este cambio el número de nacimientos no ha aumentado de forma significativa. Problemas como el aumento del coste de la vida, la presión laboral o el cambio en las prioridades de vida han llevado a muchas parejas a tener un solo hijo o ninguno.

Consecuencias de las adopciones

Uno de los efectos más visibles de esta política se produjo fuera de China. Miles de menores en su mayoría niñas fueron adoptados por familias extranjeras.

En España, Martina Cordero adoptó en 2002, en un momento en el que China era uno de los países más accesibles. “Elegimos China porque era donde el proceso era más fácil y con plazos más cortos”, explica. Aunque había mucho papeleo, el procedimiento fue relativamente ágil gracias al acompañamiento de asociaciones especializadas. “Esperamos dos años desde el primer paso hasta que fuimos a por nuestra hija”.

Martina señala que la política del hijo único fue determinante: “Allí los hijos son los que cuidan de los padres cuando envejecen y las hijas se van con la familia del marido. Por eso querían niños”.

Ana Belén Martín, otra madre adoptiva, también destaca el carácter estructurado del proceso. “Era muy riguroso, con muchos controles y documentos, pero también transparente y legal”, explica. Tras meses de evaluaciones, su familia recibió la asignación de su hija y viajó a China para completar la adopción.

Una vez reunida toda la documentación, era traducida por una traductora y posteriormente legalizada por la embajada china antes de ser entregada a la administración española.

“Casi un año más tarde recibimos el ofrecimiento de adopción de nuestra hija, firmamos la aceptación y preparamos el viaje”, recuerda. Un mes después viajaron a China. “Durante quince días estuvimos allí completando trámites con las autoridades locales, visitando registros y notarios, siempre con un guía que nos ayudaba con la traducción”.

Finalmente, la adopción quedó formalizada en el consulado español en Pekín, donde Amanda, su hija fue registrada como ciudadana española antes de regresar a España.

Ambas coinciden en que el contexto actual es muy distinto. “No creo que hoy pudiera ser igual”, afirma Martina.

La otra cara de la historia

Para quienes fueron adoptados, las consecuencias de aquella política forman parte de su identidad, aunque no siempre de la misma manera.

Gloria de bebé cuando llegó a España

Gloria Gil, de 24 años, hija adoptiva de Martina Cordero, asegura que nunca ha sentido una necesidad real de buscar sus orígenes. “Ni cuando era pequeña ni ahora he tenido interés en conocer mis raíces o buscar a mis padres biológicos”, explica. “Creo que si me dejaron es por algo y no tengo que perder el tiempo en buscarlos”.

También reconoce las limitaciones para reconstruir su historia: “Lo más seguro es que provenga de padres campesinos y que no haya ningún registro más allá del orfanato”.

Durante su infancia, la diferencia física generó algunas preguntas, aunque encontró respuestas dentro de su propia familia. “Cuando era pequeña sí que pregunté, mis padres me contaron que una señora le había dejado el vientre a mi madre para tenerme. Y con eso me quedé”.

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