SOCIEDAD

La pornografía se adapta a las nuevas plataformas y entra en juego en los conflictos de pareja

La escena clásica de la pornografía: ‘una pestaña abierta a escondidas y cerrada a toda prisa’, se ha quedado vieja. Hoy el consumo ya no vive solo en las grandes webs para adultos: también se cuela por el móvil, por el scroll, por los grupos privados y por plataformas de pago.

Consumo cada vez más frecuente

Según los últimos datos de la Encuesta de Juventud del Instituto de la Juventud de España (INJUVE), el 54,7 % de los jóvenes de 15 a 29 años consume pornografía al menos alguna vez al año, y el 29,2 % lo hace al menos semanalmente. Entre adolescentes, el Ministerio de Igualdad sitúa en 10,4 años la edad media del primer acceso y señala que el 68,2 % afirma haber visto pornografía en los últimos 30 días.

Nuevas puertas de entrada

El cambio no es solo de cantidad, sino de puerta de entrada. El Ministerio de Igualdad recoge que la principal fuente de acceso entre menores y jóvenes es el grupo de iguales, con un 51,2 %, por delante de la búsqueda activa, con un 28,5 %, y del acceso accidental, con un 17,4 %. La pornografía ya no aparece únicamente porque alguien la busque: también circula, se comparte y se tropieza. La misma fuente añade que 1 de cada 10 reconoce subir contenido erótico o sexual a redes o plataformas con frecuencia, y que parte de ese contenido se comparte para obtener validación o incluso beneficio económico.

‘X’ y la normalización del contenido sexual

En ese ecosistema, X ocupa un lugar incómodo. No es una plataforma pornográfica al uso, pero sí permite publicar desnudez adulta y conducta sexual consensuada siempre que el contenido esté etiquetado y no se muestre de forma prominente. En España, además, sigue teniendo alcance: la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia  (CNMC) situó su uso habitual en el 18,1 % de quienes usan Internet al menos semanalmente en el cuarto trimestre de 2024, y en el 16,7 % en el segundo trimestre de 2025. La propia compañía reconoce en su evaluación de riesgos que los menores pueden quedar expuestos a contenido sexual, y cifraba en mayo de 2025 en 381.592 sus usuarios activos mensuales logados menores de 18 años en la UE.

Del vídeo gratis a la suscripción

Junto al scroll está la suscripción. En las cuentas de 2024 de Fenix International, la matriz de OnlyFans, la empresa asegura haber procesado 7.200 millones de dólares en pagos brutos en un solo año, con 377.456.000 cuentas de fans y 4.634.000 cuentas de creadores. La cifra retrata bien el giro del sector: del vídeo gratuito y anónimo al contenido por suscripción, con pago recurrente y una relación más personalizada, a veces casi parasocial, entre creador y usuario. Eso no significa que las webs clásicas hayan desaparecido.

La Comisión Europea designó a Pornhub, XVideos y Stripchat como plataformas muy grandes bajo la Ley de Servicios Digitales en 2023, y a XNXX en 2024, todas por superar los 45 millones de usuarios mensuales en la UE; en 2025 abrió además investigaciones para proteger a los menores frente a contenidos pornográficos.

Cuando todo eso llega a la pareja

Todo eso acaba llegando a la pareja, pero no como una fórmula matemática. Rebeca López, sexóloga, rebaja la tentación del titular fácil: no hay un consenso científico cerrado sobre un efecto único de la pornografía en las relaciones, entre otras cosas porque cambian los formatos, cambian los hábitos y muchas veces el consumo ni siquiera se reconoce con honestidad. En su experiencia, puede haber parejas a las que el porno les funcione como juego compartido, como activador del deseo o como una herramienta más dentro de la intimidad. Pero para eso hace falta una condición poco sexy y muy importante: hablarlo.

Rebeca López, Sexóloga/ Fuente: Beatriz Bonillo

Lo que realmente está enseñando

Lo que plantea López obliga a mirar la pornografía de otra manera. En buena parte del porno mainstream no se representan relaciones sexuales tal y como se viven fuera de la pantalla, sino dinámicas de poder en las que el placer femenino queda subordinado al masculino y el consentimiento aparece difuso o directamente ausente. Si ese imaginario se consume desde edades tempranas y sin educación sexual de por medio, puede acabar funcionando como aprendizaje. No enseña solo prácticas; enseña quién manda, quién accede, quién aguanta y quién debe acabar disfrutando pase lo que pase.

Rebeca López, Sexóloga/ Fuente: Beatriz Bonillo

¿Cómo se organiza ese contenido?

Basta asomarse a las categorías y apartados de muchas páginas porno para entender cómo se ordena ese aprendizaje. Ahí aparecen etiquetas que juegan con parentescos ficticios o con papeles muy reconocibles: la madrastra, la hermanastra, la prima, el repartidor, el profesor, y que convierten la transgresión en menú. López introduce aquí un matiz importante: la pornografía también ocupa el terreno de la fantasía erótica, de lo que excita imaginar pero no necesariamente se quiere llevar a la realidad. El problema empieza cuando ese catálogo deja de funcionar como fantasía y pasa a leerse como modelo de sexo real o de relación real.

Comparación, presión y frustración

A partir de ahí empiezan las comparaciones, la presión y la frustración. No solo por los cuerpos estandarizados o por la violencia cada vez más visible en parte del porno más consumido, sino porque muchas personas acaban midiendo su deseo, su rendimiento o su manera de relacionarse con la pareja a partir de ese guion. López lo explica con ejemplos muy concretos: la masturbación femenina narrada para satisfacer al otro, orgasmos convertidos en examen y un imaginario del squirting que hace que, si la realidad no responde como el vídeo, parezca que algo falla. El problema no es únicamente ver porno, sino creerse que eso define cómo debería ser un encuentro erótico real.

El formato también influye

Rebeca López, además, introduce otra idea útil para entender por qué el consumo digital pesa más que antes: el formato también importa. Antes eran escenas largas; ahora dominan vídeos breves, encadenados y fáciles de saltar. Según explica, ese consumo continuado puede acortar los tiempos de excitación, hacer más difícil sostener la espera y, en algunos casos, llevar a que algunas personas necesiten la pornografía para activarse sexualmente. No es una condena automática para la pareja, pero sí un factor que puede entrar en juego cuando la intimidad empieza a resentirse.

Rebeca López, Sexóloga/ Fuente: Beatriz Bonillo

Cómo entra la pornografía en la relación

En la pareja, por tanto, el conflicto no suele nacer solo del porno, sino de cómo entra en la relación. Del secreto. Del escondite. De la sensación de comparación. O, directamente, de la sustitución. López lo plantea con claridad: no existe un límite universal entre un consumo privado que no afecta y otro que deteriora la relación; depende de la etapa de la pareja, de sus pactos y de si ese consumo desplaza los momentos de intimidad real. Ver porno no rompe por sí solo una relación, pero sí puede agrandar una grieta que ya estaba abierta o añadirse a otras tensiones previas, desde la falta de atención hasta la desconexión sexual o afectiva.

Consumo de pornografía en la pareja/ Fuente: Beatriz Bonillo

No siempre es la causa principal

También por eso evita los diagnósticos simples. En consulta, explica, la pornografía no suele aparecer como causa única del problema, sino como un elemento más dentro de una relación ya tocada por otras cosas: la falta de comunicación, la crianza, el agotamiento, la distancia o una vida sexual que se ha ido estrechando. A veces no es el origen del conflicto, sino el síntoma visible de una desconexión más profunda.

Más allá del porno

Hay además una idea incómoda, pero útil, que López deja caer y que obliga a ampliar el foco: culpar al porno de todo puede ser una forma cómoda de no mirarse demasiado como sociedad. La sexualidad, sostiene, ya viene “coitalizada” y “genitalizada” por la cultura en general, no solo por la pornografía. El porno influye, sí, pero encuentra terreno fértil en una educación sexual pobre, en conversaciones afectivas escasas y en una idea muy reducida del placer. No inventa todos los problemas, pero sí puede amplificarlos.

Rebeca López, Sexóloga/ Fuente: Beatriz Bonillo

De la pantalla a la intimidad real

El porno de hoy ya no es una pestaña escondida en el ordenador: es una red de webs, algoritmos, grupos privados, cuentas sensibles y suscripciones mensuales. Y cuando entra en la pareja no siempre lo hace como un terremoto, pero casi nunca entra del todo inocente. A veces excita, a veces acompaña y a veces reemplaza. El problema no está solo en lo que se ve, sino en cuándo se mira, por qué se mira y qué lugar acaba ocupando frente al cuerpo real, el deseo real y la intimidad real.

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