UNIVERSIDAD

Paco y la cafetería de Bellas Artes: 25 años al servicio de todos

Desde muy temprano, la cafetería de la Facultad de Bellas Artes comienza a llenarse. El sonido de las tazas chocando suavemente, conversaciones a media voz y el tecleo constante de ordenadores portátiles crean una banda sonora familiar para quienes frecuentan el lugar. Entre pedidos rápidos y saludos, Francisco José Priego Martínez, al que todos conocen simplemente como Paco, se mueve detrás de la barra con la naturalidad de quien lleva media vida haciendo lo mismo.

Desde hace 25 años, incluso antes de que muchos de sus actuales clientes nacieran, él es el encargado de la cafetería. Para varias generaciones de estudiantes, su presencia forma parte inseparable de la experiencia universitaria.

Paco nació en Carrascosa del Campo, aunque desde los 21 años vive en Cuenca. Su historia en la hostelería comenzó temprano; cuando tenía apenas 15 años, empezó a trabajar en el sector, sin imaginar que acabaría dedicándose a ello 40 años después.

Productos varios de la cafetería // Samuel Quiñones.

Cuando abrió la cafetería de la Facultad de Bellas Artes en 2001, apareció un anuncio para gestionar el servicio. Paco decidió presentarse al concurso público y obtuvo la concesión. Desde entonces, ha renovado su puesto cada cuatro años, un proceso que obliga a competir nuevamente y presentar una propuesta completa que incluye condiciones económicas, número de trabajadores y oferta gastronómica.

El futuro nunca está completamente asegurado. “Todo depende del concurso”, explica. Cada renovación supone empezar casi desde cero, planteando una oferta capaz de mantener el equilibrio entre viabilidad económica y precios accesibles para estudiantes. Desde hace 30 años figura como autónomo, una condición que implica asumir riesgos constantes. Aun así, asegura que el trato directo con la gente compensa las dificultades.

Trabajo en familia y ritmo universitario

Desde hace 18 años comparte el trabajo con su esposa, con quien gestiona el día a día del local. Para él, trabajar en familia supone una ventaja clara: la confianza y la coordinación resultan fundamentales porque se pueden aportar el uno al otro más de lo que lo haría alguien de afuera.

La cafetería universitaria funciona con un ritmo propio, especialmente durante los descansos entre clases. En pocos minutos pueden acumularse decenas de pedidos y todos esperan ser atendidos cuanto antes.

“No es lo mismo que un banco o una carnicería donde la gente respeta turno, aquí todos quieren ser atendidos rápido y a la vez”, explica Paco.

Ese ritmo constante convierte la hostelería en un trabajo exigente. Paco reconoce que se trata de una profesión “estresante y sacrificada”, marcada por jornadas largas y una presión continua.

A pesar de ello, asegura que su parte favorita sigue siendo el contacto diario con estudiantes. “Lo mejor es trabajar con gente joven”, afirma. Durante un cuarto de siglo ha visto pasar promociones enteras, estudiantes que llegaron siendo casi adolescentes y que regresan años después ya convertidos en profesionales.

Anécdotas tras la barra

El paso del tiempo también ha dejado una colección de anécdotas difíciles de imaginar fuera del entorno universitario. Paco recuerda haberse quedado encerrado dentro de las instalaciones en una ocasión o haber tenido que lidiar con una denuncia policial relacionada con estudiantes que realizaban botellón fuera del recinto con bebidas que ni siquiera tenía en su inventario.

Situaciones inesperadas que forman parte de la vida cotidiana en un espacio donde convergen cientos de personas cada día.

El truco para permanecer

Cuando se le pregunta por la longevidad del negocio, Paco menciona tres claves: buena materia prima, atención cercana y precios justos. Sin embargo, insiste en que la última palabra siempre pertenece a quienes consumen allí.

“Son los clientes los que deben juzgar por qué prefieren esta cafetería y no otras”, señala.

Entre esos clientes habituales se encuentra Pablo Santiago, estudiante gallego de la Facultad de Comunicación, quien empezó a acudir acompañado por un amigo y terminó incorporando el lugar a su rutina diaria.

“Encontré una gran calidad en el servicio y la atención”, explica. Destaca especialmente el menú del día, que considera sabroso y asequible para un presupuesto universitario. Por las mañanas suele pedir un zumo de naranja natural o un bocadillo de tortilla o bacon, opciones rápidas antes de comenzar las clases.

Para él, la cercanía también influye: la cafetería está a menos de cinco minutos caminando desde su facultad. “No veo necesario tener otra cafetería en el campus”, afirma. Además, recuerda el trato personal de Paco, como cuando conoció a sus padres y les recomendó lugares para visitar en Cuenca. Pequeños gestos que, según dice, explican por qué muchos estudiantes vuelven cada día.

Detrás de la barra / Fuente: Samuel Quiñones.

Un espacio que va más allá del alumnado

Aunque la cafetería pertenece al entorno universitario, no solo la frecuentan estudiantes. Daniela Caballero, diseñadora gráfica freelance, acude casi todos los días para trabajar desde allí. “Mi oficina es básicamente donde haya Wi-Fi y café decente”, comenta entre risas. Explica que podría trabajar desde casa, pero después de varias horas sola empieza a perder la concentración.

“Vengo por varias razones. Primero, el ambiente: hay ruido, pero del bueno. Gente estudiando, teclados, conversaciones bajitas», indica Caballero. La diseñadora gráfica admite que otras cafeterías suelen poner música muy alta o están llenas de gente que alza demasiado la voz. Para ella, no es el típico bar «de cuñado». Su testimonio refleja cómo la cafetería ha trascendido su función inicial para convertirse también en espacio de trabajo informal y punto de convivencia más amplio.

Diversos trabajadores externos a la universidad / Fuente: Samuel Quiñones.

¿Una profesión en vía de extinción?

A pesar del éxito sostenido durante décadas, Paco observa el futuro de la hostelería con preocupación. Considera que el sector ha cambiado y que muchos trabajadores lo ven como algo temporal.

“La hostelería hoy es una cosa circunstancial”, afirma. Según su experiencia, cada vez resulta más difícil encontrar estabilidad profesional. “La gente que trabaja hoy en la hostelería tiene fecha de caducidad”. El desgaste físico y emocional del trabajo, unido a la incertidumbre de los concursos públicos que determinan la continuidad del negocio, hace que el futuro sea imprevisible.

Mucho más que una cafetería

Después de cumplir 25 años abierta el pasado sábado, la cafetería de Bellas Artes se ha convertido en algo más que un lugar donde desayunar o comer. Es un punto de encuentro, un refugio entre clases y un espacio donde conviven estudiantes, profesores y profesionales que encuentran allí un ambiente cómodo.

Mientras prepara otro café y saluda a un cliente por su nombre, Paco continúa con la rutina que ha repetido durante décadas. El futuro dependerá de nuevos concursos y decisiones administrativas, pero el presente sigue marcado por la misma idea sencilla que ha guiado su trayectoria: atender a quien entra por la puerta.

Porque, en una universidad donde todo cambia cada curso, la cafetería permanece como un lugar constante, sostenido por el trabajo diario de alguien que lleva 25 años demostrando que, a veces, un café o una caña también puede construir comunidad.

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