DEPORTES

Resiliencia bajo la barra

Si el fútbol es el reino del balón y las bicicletas imposibles, el powerlifting va de lo contrario: aquí no se regatea, se levanta. Tres movimientos sentadilla, press de banca y peso muerto, una barra cargada y un único objetivo: hacer que el hierro se doble antes que tú. No hay florituras; mandan los kilos, la técnica y una paciencia casi obsesiva. Es un deporte sin adornos, pero con una épica silenciosa: repetir lo mismo mil veces hasta hacerlo perfecto.

Miguel recibiendo el premio de campeón de España

Progym, el gimnasio moderno de Almansa donde entrena Miguel Bonete. Allí el ambiente es otro: barras pulidas, suelo técnico preparado para impactos y ese olor a magnesio flotando como neblina blanca. Cada pocos segundos, un clac seco rompe el silencio cuando alguien deja caer un peso muerto, o el chasquido metálico de los discos al encajar en la barra marca el ritmo del entrenamiento. A sus 20 años, campeón nacional de press banca y quinto de España en powerlifting en -93 kg, Miguel se mueve entre racks y plataformas como quien camina por el salón de su casa. “Aquí empecé sin saber ni siquiera que lo que hacía se llamaba powerlifting”.

Su historia empezó, en realidad, lejos del hierro y más cerca del césped. Jugó al fútbol hasta los 14 años, mientras en casa veía vídeos de Joan Pradels, Terraco o Strootman. “Entrenaba fútbol tres días y otros tres venía al gimnasio… llegaba al campo reventado”, confiesa. Ese doble ritmo lo llevó a subir de peso y a notar que no rendía igual en los partidos. Fue entonces cuando tomó una decisión que cambiaría su vida: “Un día pensé: vale, igual lo mío no es perseguir balones. En el gimnasio sentía otra cosa”. Lo sorprendente es que tardó apenas dos semanas en mover 100 kg en banca. “Ahí dije: algo tengo”, recuerda entre risas.

Resiliencia bajo la barra

El verdadero salto llegó solo hace unos meses, cuando subió de categoría de 83 a 93 kg. “Pegué un pico de rendimiento brutal”, explica. “Ahí me di cuenta de que podía pelear por estar arriba en un nacional”. Desde entonces, todo ha ido muy rápido… y muy intenso. “Me obsesioné. Dejé de lado ocio, amistades… Vivía como un deportista de élite”, admite. Cuidaba sueño y nutrición con precisión quirúrgica.

Pero la obsesión también deja cicatrices. Lleva meses arrastrando problemas de rodilla. Sin embargo, lejos de hundirse, ha encontrado en esa adversidad su mayor aprendizaje: “Resiliencia, siempre. Hay semanas en las que mover 170 kilos me hace igual de feliz que cuando tiré 270. Es parte del camino”. Asegura que nunca ha pensado en abandonar: “Si un año sale mal, el siguiente saldrá mejor. Lo importante es mirar lejos”.

Su día a día es una coreografía ya afinada: universidad por la mañana, comida, café y Progym. “Es lo más normal del mundo”, insiste. Aunque normal no es encadenar sentadilla, banca y peso muerto varias veces por semana, con la calma de quien solo cumple una rutina más. “Hago movilidad, caliento y a darle. No hay mucha magia detrás”, dice.

Esa madurez se refleja también en su faceta como entrenador. Miguel es el responsable de la preparación de Daniel Tomás, representante de España en -59 kg y medallista mundial. “Daniel es un amigo antes que un atleta, pero cuando tengo que reñirle, le riño”, afirma. Para él, un buen entrenador debe ser honesto: “No puedes regalar los oídos. Hay que corregir, enseñar y decir la verdad, aunque duela”.

Resiliencia Bajo la barra

Mientras hablamos, otro levantador deja caer un peso muerto y el golpe reverbera por toda la sala. El ambiente huele a trabajo duro. Entre discos chocando y magnesio flotando, Progym parece el escenario perfecto para la historia de Miguel: la de un chico que convirtió el hierro en un camino de paciencia, sacrificio y ambición sin decorados. “Esto es un camino largo”, dice, justo antes de colocarse bajo la barra de nuevo.  

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