La locura del derbi manchego, remontada del Rebi Cuenca sobre la bocina (31-30)

A las 12:30 del mediodía, pero con aroma de gran cita desde mucho antes, el REBI Cuenca y el BM Caserío Ciudad Realfirmaron uno de esos partidos que explican por qué los derbis son diferentes. La gente fue ocupando sus asientos con antelación, los nervios se palpaban en los pasillos y el colorido en la grada dejaba claro que no era un encuentro más. Hubo muchos aficionados desplazados desde Ciudad Real, ruidosos y entregados, y enfrente una parroquia local dispuesta a no dejar escapar ni un decibelio de apoyo.
El resultado fue una mañana de balonmano vibrante que terminó con el pabellón patas arriba: 31-30 para los conquenses en la última posesión.
No hubo tiempo ni para acomodarse. El conjunto visitante encontró portería antes de que se cumpliera el primer minuto, dejando claro que venía a mandar. El Rebi respondió rápido, tratando de correr y de evitar que la defensa ciudadrealeña pudiera armarse.
El intercambio de golpes fue constante durante los primeros minutos, aunque los locales parecieron tomar impulso cuando, en el 7:12, transformaron un lanzamiento desde los siete metros que significaba el 4-2. El público empezaba a carburar. Y más todavía cuando, en el 8:30, una contra vertiginosa ampliaba la renta hasta el 5-2.

Pero el Caserío demostró personalidad. Ajustó atrás, endureció el contacto y comenzó a encontrar situaciones favorables en ataque. La ventaja se evaporó y el duelo regresó a la casilla de salida.
El partido tenía además una historia dentro de la historia: el regreso de Sergi Mach, dorsal 3 del conjunto visitante, a una pista que conocía bien. El central asumió responsabilidades, pidió el balón en los momentos de mayor ruido ambiental y supo enfriar el ímpetu local cuando más lo necesitaban los suyos.
Las exclusiones empezaron a hacer mella en el Rebi, obligado a defender varios ataques en inferioridad. Los visitantes aprovecharon la circunstancia para ponerse por delante y manejar pequeñas ventajas.
Pese a que la grada no dejó de empujar, el choque se fue al descanso con 15-17 favorable al Caserío. Nada definitivo, pero sí un aviso serio.
La segunda parte arrancó con otra energía. En apenas dos minutos el Rebi había igualado la contienda y el pabellón ya jugaba su propio partido.
En ese escenario emergió la figura de Manuel Lima. El dorsal 6 tomó el mando del ataque, dio pausa cuando era necesaria y aceleró cuando olió la sangre. Su liderazgo permitió a los conquenses mantenerse firmes en un tramo en el que cada error podía resultar letal.
A su lado, Rajmond Tóth se convirtió en un problema continuo para la defensa visitante. El húngaro encontró espacios, forzó decisiones y sostuvo al equipo en el intercambio permanente de goles.
Porque nadie conseguía escaparse.
El Caserío, sin embargo, volvió a golpear mediada la segunda mitad. Con eficacia desde el exterior y aprovechando un par de desajustes, logró abrir una renta peligrosa. El marcador reflejaba 25-28 y el encuentro empezaba a hacerse cuesta arriba para los locales.
Ahí apareció algo más que la táctica: apareció el corazón.
Cada parada fue celebrada como un tanto, cada recuperación levantaba al público de sus asientos y el equipo comenzó a contagiarse de esa fe. A siete minutos del final, el luminoso marcaba 27-28 y el derbi estaba otra vez vivo.
La tensión era máxima. En el 56’, el Rebi consiguió por fin el empate a 29. El pabellón rugía, literalmente. Pero el Caserío no se descompuso y respondió de inmediato para mantener el pulso.
Entrados en el último minuto, todo pendía de un hilo.
Tiempo muerto. Indicaciones rápidas. Respiraciones profundas.
La última posesión quedó en manos locales. Circulación paciente, búsqueda del mejor lanzamiento y, cuando apareció el hueco, disparo certero al fondo de la red.
31-30.
Jugadores corriendo, abrazos, puños al cielo y una grada que tardó varios minutos en volver a la realidad. El Rebi había culminado una remontada cimentada en el liderazgo de Lima, el talento de Tóth y la convicción colectiva de que rendirse no era una opción.
El derbi de Castilla-La Mancha volvió a demostrar que, más allá de la clasificación, hay partidos que se juegan también con el alma.
