UNIVERSIDAD

Entre la ilusión y la decepción: así son las prácticas universitarias

La mayoría del estudiantado pasa por prácticas externas, aunque no todas garantizan aprendizaje real ni una verdadera puerta al mundo laboral

Para muchos estudiantes de la Universidad de Castilla-La Mancha, las prácticas marcan el principio del fin de la etapa universitaria. Son ese momento en el que, por fin, se supone que todo lo aprendido en clase cobra sentido. La oportunidad de enfrentarse al “mundo real”, ganar experiencia y empezar a construir un futuro laboral. Pero la realidad no siempre encaja con esa idea idealizada.

En la UCLM, como en muchas universidades españolas, las prácticas generan sensaciones muy distintas según quién las viva. Para algunos son una experiencia clave que abre puertas. Para otros, una etapa frustrante en la que se sienten más trabajadores sin sueldo que estudiantes en formación.

Las prácticas ya no son algo puntual dentro de la universidad. Según afirmó el propio rector de la UCLM en un acto institucional, en torno al 60 % de los estudiantes de la universidad realizan prácticas durante su formación. Una cifra alta que deja claro que esta etapa se ha convertido en una parte central del sistema universitario.

Este dato no solo refleja la apuesta por una formación más práctica, sino también la presión del mercado laboral. Tener experiencia previa se ha vuelto casi imprescindible para acceder a un primer empleo, y las prácticas funcionan, en muchos casos, como ese primer filtro. Sin embargo, que sean tan comunes no significa que siempre estén bien planteadas ni que cumplan su función formativa.

Uno de los grandes debates entre el alumnado gira en torno a la utilidad real de las prácticas. Muchos estudiantes coinciden en que el problema no es trabajar, sino qué se aprende mientras se trabaja.

Una de las sensaciones de los estudiantes es que las prácticas se centran en tareas básicas: archivo, apoyo administrativo, atención al público o funciones repetitivas que poco tienen que ver con lo estudiado durante cuatro años. Aunque forman parte del día a día de cualquier empresa, cuando ocupan la mayor parte de la jornada generan una sensación clara de desaprovechamiento.

Se aprende cómo funciona un entorno laboral, sí, pero no siempre se desarrollan competencias específicas. En esos casos, las prácticas acaban siendo más una obligación académica que una verdadera herramienta de aprendizaje.

Uno de los principales argumentos a favor de las prácticas es que mejoran la empleabilidad. Y en algunos casos es cierto. Especialmente en ingenierías, informática o titulaciones técnicas, las prácticas suelen estar mejor conectadas con el empleo. Las empresas buscan perfiles concretos y ven al estudiante como un posible trabajador en formación.

En otros grados universitarios, sin embargo, la relación entre prácticas y empleo es mucho más débil. La experiencia no siempre se traduce en contratos ni en oportunidades reales a corto plazo. Para muchos estudiantes, las prácticas sirven para sumar experiencia en el currículum, pero no garantizan una mejora clara de sus salidas profesionales.

La comparación con los grados superiores es constante entre el estudiantado universitario. Y no es casualidad. En la Formación Profesional, las prácticas suelen estar mucho más orientadas al puesto de trabajo concreto que el alumno va a desempeñar.

Las empresas saben qué competencias tiene un estudiante de FP y qué pueden esperar de él. Esto facilita que las prácticas sean útiles, que el alumno se integre en el equipo y que exista una mayor probabilidad de contratación posterior. En la universidad, la formación es más generalista y teórica, lo que dificulta que las prácticas encajen de forma directa con las necesidades reales del mercado laboral.

Estudiantes recibiendo su diploma de finalización de prácticas, vía: uclmtv.uclm.es

Otro de los puntos más criticados es la falta de seguimiento real durante las prácticas. En muchos casos, el tutor académico tiene un papel más burocrático que formativo. El contacto es mínimo y los problemas que puedan surgir rara vez se corrigen a tiempo.

Esto provoca que situaciones como horarios excesivos, tareas poco formativas o falta de orientación se normalicen bajo la idea de que “son solo prácticas”. En los grados superiores, el control suele ser más constante y centrado en competencias, lo que refuerza la sensación de utilidad.

Dentro de este panorama desigual, el programa UCLM Rural aparece como un ejemplo diferente de cómo las prácticas pueden funcionar mejor. Se trata de una iniciativa de la UCLM que permite a estudiantes realizar prácticas en municipios rurales de Castilla-La Mancha, combinando formación, inserción laboral y compromiso social.

El programa cuenta cada año con decenas de estudiantes y cientos de entidades participantes, principalmente ayuntamientos, empresas y asociaciones de entornos rurales. Una de sus claves es que las prácticas son remuneradas, algo poco habitual en muchos convenios universitarios, y que el estudiante desarrolla tareas reales vinculadas a su formación.

Además, UCLM Rural busca luchar contra la despoblación y mostrar que el medio rural también puede ofrecer oportunidades profesionales. Para muchos participantes, estas prácticas no solo suponen experiencia laboral, sino también un primer contacto con salidas profesionales que no se habían planteado.

Pese a iniciativas como UCLM Rural, la realidad general es que muchas prácticas siguen sin estar remuneradas. Esto genera una desigualdad clara entre estudiantes, ya que no todos pueden permitirse trabajar varios meses sin cobrar.

La idea de “ganar experiencia” se utiliza con frecuencia para justificar condiciones precarias, y eso acaba normalizando que el esfuerzo del estudiante no tenga una compensación económica mínima.

Las prácticas universitarias en la UCLM son ya una pieza clave del recorrido académico de la mayoría del alumnado. El dato del 60 % lo confirma. Sin embargo, su impacto real depende de cómo estén diseñadas, supervisadas y valoradas.

Cuando hay seguimiento, tareas claras y condiciones dignas, las prácticas funcionan. Programas como UCLM Rural demuestran que otro modelo es posible.

Cuando no, se convierten en un trámite obligatorio o en una forma de trabajo barato. La universidad tiene que reforzar el sentido formativo de las prácticas para que, de verdad, se convierta en una puerta al futuro profesional.

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