El pequeño comercio retrocede en Carretería ante el avance de las franquicias
Un paseo por Carretería, una de las principales calles comerciales de Cuenca, permite observar cómo ha cambiado el comercio de la ciudad en los últimos años. Sus aceras se llenaban de gente que entraba y salía de los pequeños comercios locales. Hoy, sin embargo, el panorama ha cambiado. Varias de esas tiendas han ido cerrando con el paso del tiempo, incapaces de competir con la llegada de franquicias y grandes cadenas. Aunque la calle sigue siendo transitada, muchos vecinos coinciden en que ha perdido parte del ambiente y la identidad comercial que la caracterizaba. Muchas de estas tiendas eran negocios familiares que pasaban de generación en generación y que construían una relación cercana con sus clientes.
Durante buena parte del siglo XX y principios del XXI, el comercio textil local fue uno de los pilares del pequeño comercio en Cuenca. Los vecinos acudían a comprar ropa sabiendo que recibirían una atención personalizada. Los comerciantes conocían los gustos de los clientes, recomendaban prendas y ofrecían arreglos o servicios adicionales, que otras cadenas no contemplaban.


Dos modelos de comercio en convivencia
Pese a las diferencias entre ambos modelos, las trabajadoras coinciden en que cada uno tiene sus ventajas. Las franquicias ofrecen estabilidad empresarial y campañas de marketing, entre otras cosas. El comercio local, en cambio, aporta cercanía y un trato más personal con el cliente. Pero ¿Cómo pueden convivir ambos modelos en ciudades como Cuenca sin que desaparezca el comercio tradicional?
Según datos del Instituto Nacional de Estadística y de informes del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, el pequeño comercio lleva años perdiendo peso frente a las grandes cadenas. En Cuenca esto se ha visto afectado en muchas tiendas de carretería, que se han visto obligadas a cerrar ante la escasez de ganancias. A ello se le suman factores como el cambio en los hábitos de consumo, el aumento de precio de los alquileres comerciales o el relevo generacional en los negocios familiares. La desaparición de estas tiendas no solo tiene consecuencias económicas, sino también sociales. El pequeño comercio ha sido históricamente un elemento que daba vida a las calles.




Una forma de vender que ha cambiado con el tiempo
Quienes llevan décadas trabajando en el comercio local coinciden en que no es que la manera de vender haya cambiado, lo que ha cambiado es la manera de comprar. Antes, gran parte de la venta se basaba en el trato directo con el cliente. “Cuando empecé a trabajar, la gente venía sin una idea muy clara de lo que quería. Miraba, preguntaba y se dejaba aconsejar”, explica María López, dependienta de una tienda de ropa del centro desde hace 10 años. Según cuenta, el comercio era entonces un espacio de asesoramiento. Las clientas probaban distintas prendas, pedían opinión y muchas veces terminaban llevándose algo diferente a lo que habían imaginado al entrar en la tienda.
Ese cambio también se refleja en el número de clientela que pasaban por los comercios. Había días en los que las vendedoras podían atender a más de un centenar de personas, especialmente en temporadas de rebajas o durante algunos fines de semana o campañas, como Navidad. “Antes pasabas por carretería y era puro ambiente entre tiendas, vecinos y turistas. Ahora, esas tiendas han perdido su esencia y, aunque sigue habiendo gente, se nota que no es como antes, añade.
Uno de los aspectos que más han cambiado es la fidelidad de los clientes. Durante años, muchas familias compraban siempre en las mismas tiendas. Sin embargo, la llegada de franquicias y la expansión de la venta online han modificado esos hábitos. “Antes se vendía más porque la gente no compraba por Internet ni tampoco existían grandes superficies y actualmente eso se nota, explica Alicia Martínez. Aun así, quienes trabajan en el comercio local defienden que su principal ventaja sigue siendo el trato personalizado. Para muchas de estas dependientas, esa cercanía sigue siendo la diferencia fundamental entre una tienda local y una franquicia.
El funcionamiento de las franquicias
En el otro lado del comercio se encuentran las franquicias y grandes cadenas, que en los últimos años han ganado presencia en muchas ciudades, Cuenca es una de ellas. Esas tiendas operan bajo un modelo empresarial centralizado. Además, cuentan con protocolos estandarizados que aseguran que la atención, decoración y organización de los productos sean prácticamente idénticas en todas sus sucursales. No importa la ciudad, todas las tiendas son exactamente iguales. Por ejemplo, marcas como Zara, H&M, Primark o Stradivarius implantan estrategias de marketing global, lanzan campañas promocionales y renuevan su colección. Esto hace que se genere una identidad de la marca bastante reconocible capaz de atraer a la clientela en ocasiones, más que por la tienda física o el dependiente.
Ana Serrano González, dependienta del JD, explica que el personal recibe formación específica para garantizar que la atención al cliente sea homogénea. “Nos enseñan cómo presentar las colecciones, cómo organizar los productos y cómo tratar al cliente, siguiendo los estándares de cada marca. Además, añade que cada prenda tiene su lugar y deben revisar la tienda cada cierto tiempo para colocarlo todo en su sitio. El objetivo es que el cliente se sienta de la misma forma, ya acuda a la tienda de Cuenca o a la de otra ciudad. Todo está planificado, desde cómo doblar la ropa, hasta cómo responder a determinadas preguntas sobre tallas o combinaciones de prendas. Sin embargo, esta dinámica hace que los dependientes no tengan el mismo trato con los clientes, lo que hace que muchas veces estos también se quejen.
Asimismo, señala que la mayoría de los clientes llegan con una idea bastante clara de lo que quieren comprar, en gran parte por la web de la marca, redes o recomendaciones de influencers. Esa presencia online o de redes, ha modificado la dinámica de las tiendas físicas. La mayoría de las compras ahora combinan ambos canales. Los clientes compran por internet y recogen el producto en la tienda, o realizan devoluciones y cambios en el local. Esto hace que aumente el flujo de personas en los comercios, pero cambiando la interacción con el cliente.
En las franquicias, además de la atención estandarizada, otras de las diferencias clave con el comercio local es la capacidad de medir con precisión el flujo de clientes. Los locales cuentan con sistemas de conteo automático que registran cuántas personas entran en la tienda cada día. “Durante un día normal, podemos atender entre 150 y 300 clientes, y en fines de semana o rebajas se superan fácilmente los 500”, comenta Andrea Muñoz, dependienta del Stradivarius. Con este control es posible evaluar el impacto de las campañas online o cambios de disposición de los productos.
En el caso del comercio local, muy pocos comercios cuentan con este tipo de sistemas para contar la cantidad de personas que entran a la tienda. “Nosotros sabemos más o menos cuánta gente entra según la hora o el día de la semana, pero no tenemos cifras exactas”, comenta. Aunque ahora este sector ha perdido muchísima clientela.
A pesar de las dificultades que atraviesa el pequeño comercio local, todavía hay quienes apuestan por mantener vivo este modelo en las calles de Cuenca. Algunos emprendedores siguen viendo en el comercio local una oportunidad para ofrecer algo diferente. En este contexto, Amoremio acaba de abrir sus puertas en la calle Poeta Diego Jesús Jiménez. Una boutique impulsada por Marlen Godoy que apuesta por el comercio de proximidad.
La apertura de nuevos negocios como este refleja que, aunque el comercio tradicional haya perdido presencia en los últimos años, todavía existen iniciativas que tratan de revitalizar las calles comerciales de la ciudad. El futuro del comercio en Cuenca parece avanzar hacia un equilibrio entre ambos modelos.
